Me va a dejar. Lo sé, no me quiero engañar. Me va a dejar y lo hará pronto. No ha dicho nada de momento, pero veo y entiendo las señales: los momentos de ausencia cuando estamos juntos, las miradas perdidas, la falta de interés por lo que le cuento, el aire de resignación con que acepta cuanto hago, digo, propongo. Me va a dejar. Pero sea cual sea la razón, no va a poder olvidarme con facilidad. Lo estoy preparando todo desde que aprecié los primeros signos de desapego. Entonces, comencé a marcar los lugares a los que solemos ir juntos para que no pueda volver a pisarlos, solo o acompañado, sin acordarse de mí. Si vamos a un restaurante tal vez elijo una mesa en algún rincón recogido.

– Es mi mesa favorita. O busco un plato en la carta.
– Es lo que más me gusta en el mundo. Por la calle le llamo la atención sobre algún detalle de los edificios.
– ¿No te parece precioso ese pequeño torreón?
– ¿Te habías fijado alguna vez en esa escultura?
– ¡Me encantan las ventanas con dos hojas!

Lo obligo a detenerse y a contemplarlo conmigo para asegurarme de que lo ha visto. Con complacencia aprecié de reojo hace pocos días que levantaba la vista para observar un balcón de abombados barrotes de metal que le había señalado anteriormente. Si vamos al cine procuro que se dé cuenta de que me gusta sentarme más bien cerca del pasillo. También he logrado que sea plenamente consciente de cómo me gusta tomar el café, cuánto me agrada que dos autobuses se crucen delante de mí mientras espero en un semáforo de peatones y de que las palomas despiertan en mí un profundo sentimiento de compasión porque la gente no las quiere. Esto último es mentira, en realidad me dan más bien asco, pero esa es una reacción demasiado extendida para ser memorable. Y la gran cantidad de palomas que pululan por la ciudad promete una evocación casi constante.
Son casi una garantía de que mi recuerdo lo asaltará en cualquier esquina “a ella la conmovían estos bichos” “¡Cuánto le gustaban las ventanas de esta casa!” “¡Dos autobuses cruzándose! ¡Qué pena que no lo pueda ver!” “Siempre se sentaba aquí.” “Su mesa preferida.” “Su comida favorita.” “Su, su, su…” Sí. Mi, mi, mi. Yo, yo, yo. Por todas partes y en todo momento. Me dejará. Lo sé.
Pero yo a él no.

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