Cada vez que toca cambiar la hora me acuerdo de Jesse James.
Mejor dicho, de Tyrone Power. Y si tengo que ser precisa, de la espalda de Tyrone Power haciendo de Jesse James.
Para cambiar la hora del reloj de la cocina tengo que subirme a una silla, descolgarlo, darle la vuelta y girar la ruedecita que mueve la manecilla minutero. Después, comprobar que sea la hora correcta y volver a colgarlo. Esta es la parte más difícil porque se tiene que hacer a ciegas, tentando hasta dar con la alcayata que lo sostiene. Todo el procedimiento dura apenas un par de minutos. Minutos en los que toda mi espalda se convierte en una diana para los disparos de un traidor que se esconda tras las cortinas de las ventanas del edificio de enfrente y esté esperando, como esperó Bob Ford que lo hiciese Jesse, a que me dé la vuelta para pegarme el tiro.
Lo veo cada vez. Jesse James feliz en su casita, su atildado bigotito, el chaleco ajustado, canturreando mientras descuelga el cuadrito donde se puede leer “Home, sweet home”. Y entonces, el balazo a traición de Ford, un antiguo compañero de su banda. Por la espalda. Un espasmo, el cuerpo queda detenido un segundo en el aire, se da la vuelta y el traidor vuelve a disparar, después Jesse se desploma. Está muerto
Pero no me queda más remedio. Cada año tengo que hacerlo dos veces. ¡Maldita sea! Me subo a la escalera y siento ese pinchazo en la zona lumbar que anuncia la bala. Dos veces al año. Temiendo que mi Bob Ford esté ahí, porque los enemigos más acérrimos están siempre muy cerca, más de lo que somos capaces de imaginar.

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