Cada noche nos abandonan aquí.

En este cuarto en el que los  muebles son de colores claros y las paredes de colores alegres. En el que hay estanterías cargadas peluches, pilas de juegos y libros de cuentos ilustrados, que yo leo y a mi hermano le leen. Una alfombra suave y mullida que imita una carretera con divertidas señales de tráfico por la que de día hacemos correr los coches de juguete. La lámpara que cuelga del techo es un sol amarillo y naranja. Las sábanas de mi cama tienen un estampado de animalitos sonrientes, como el pijama que me ponen antes de marcharse sonriendo de nuestra habitación porque nos han dejado a mí y a mi hermano a salvo, en el lugar más seguro de la casa. Piensan.

Porque no saben que por las noches el dormitorio se llena de monstruos. Cada noche, mientras los monstruos empiezan a salir del armario, a reptar por el suelo, a acecharnos mientras fingimos estar dormidos me pregunto por qué ellos se marchan tan tranquilos después de darnos un beso a cada uno. He hecho una lista:

  • No nos quieren.
  • En realidad no son nuestros padres.
  • Ellos también son monstruos.

Una de las tres tiene que ser.

Estoy contando los días hasta ser lo bastante mayor para hacérselo pagar.

 

 

La imagen corresponde a una obra de la actriz y bailarina expresionista Lavinia Schulz (1896-1924).

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