Saludé con un movimiento de la cabeza a la vecina de abajo cuando nos cruzamos por la calle. Ella detuvo el paso, seguramente quería decirme algo, pero yo iba con prisa. Se me escapaba el autobús.
Lo perdí. A la preocupación por llegar tarde al trabajo se unió un leve malestar por la descortesía. La vecina es una mujer mayor que vive sola desde que enviudó y que, me imagino, agradece cualquier ocasión para poder charlar con alguien unos minutos. Debajo de la marquesina de la parada recorrí su piso. Una vivienda introvertida, de ventanas cerradas, cortinas corridas y muebles pesados de maderas oscuras que no sólo parecen robar la luz sino también el aire. La vi a ella, sola, cocinando para una sola persona, limpiando lo poco que una persona sola pueda ensuciar. Cuando apareció el autobús ya me recreaba en el recuerdo de las noticias de personas que mueren en sus viviendas y cuyos cuerpos son encontrados varios días, semanas, después. Mi reflejo en la ventanilla de autobús me mostró arrugando la nariz por el hedor de la mala conciencia.
Lo olvidé todo en cuanto llegué al trabajo. Tarde. Toda mi jornada estuvo marcada por el retraso inicial. La vecina de abajo desapareció hasta que regresé a casa. Como si me hubiese estado esperando, me salió al encuentro en el portal. Cumplió con urgencia los saludos de cortesía, le urgía decirme otra cosa:
– ¿Le podrías decir a tu amiga que se quite los tacones cuando ande por la casa? –ladeó la cabeza.
– ¿Qué amiga?
– Es que es un taconeo incesante. Tac, tac, tac.
Le dije que no había ninguna amiga en casa.
Heredé el piso familiar tras la muerte de mi madre hacía medio año. El piso había permanecido vacío todo el tiempo en que mi madre había estado ingresada en el hospital donde finalmente murió. Después, lo reformé. Hice tirar y cambiar de posición tabiques y puertas, reubiqué todas las habitaciones. Desde hacía dos meses vivía allí sola. Como la vecina, a la que le ofrecí varias posibles explicaciones: tuberías, duchas, goteras… La dejé en el portal medio convencida, no logré que enderezase la cabeza, y subí a casa. Entré con aprensión. Tuve que recorrer todas las habitaciones, abrir el armario de mi dormitorio, mirar debajo de la cama para poder quedarme tranquila.
Una semana después, salía de casa por la tarde, la vecina volvió a abordarme:
– Estoy segura de que no es un goteo, ni nada por el estilo. Son unos zapatos de tacón. Se mueven por todo tu piso.
– No puede ser.
– Es un tac, tac, tac.
Cuando regresé por la noche después de cenar con unos amigos, tuve que encender todas las luces y recorrerlo por completo porque la vecina, a pesar de la hora me había salido al encuentro.
– Son zapatos de tacón. Van de un lado a otro. Tac, tac, tac.
Tac, tac, tac.
Creo que por la noche soñé a voz de la mujer. “Tac, tac, tac.”
A las dos semanas. Me convertí, menor dicho, mi piso y ese ruido se convirtieron en una obsesión para la vecina y ella se convirtió en la mía. La soledad, pensé, la soledad es la razón. Para evitarlas, alía corriendo de casa. Regresaba irritada porque sabía que me aguardaba a la vuelta. Incluso si variaba mis horarios, me encontraba indefectiblemente con la mujer esperando para decirme que tac, tac, tac.
Me daba pena. Hasta que me harté.
Pedí un día libre en el trabajo y le dije a la mujer.
– Mañana déjeme entrar en su piso, a ver si puedo escuchar también el taconeo.
Me recibió con café y pastas recién compradas. Por un momento llegué a creer que se había tratado de un subterfugio para poder invitarme y tener compañía. Me acomodé como pude en un sofá tomado por los cojines de ganchillo y ella me sirvió una taza de café. Mientras me llevaba la taza a los labios, sonó.
Tac, tac, tac.
Ella me miró para cerciorarse que yo también lo había oído. Dejé la taza de nuevo en el platito mientras le indicaba que sí con la cabeza. Miré hacia arriba.
Tac, tac, tac, tac, tac.
Un taconeo. No cabía duda.
Recorría mi salón, se alejaba hacia la cocina, volvía.
Tac, tac, tac, tac, tac.
Un taconeo nervioso. Los pasos de alguien que busca algo, pasos desorientados.
Tac, tac, tac, tac, tac.
Conocía ese taconeo, conocía esos zapatos.
Los zapatos de mi madre.

Añadir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*