¿Tú crees que muerde?

El edificio no podía ser más siniestro. Sombrío, muros macizos y sucios que parecían oprimir las ventanas, presionándolas como si quisieran cegarlas. La entrada está oscura, a esa hora en la que los escolares ya hace horas que se fueron y llegan los adultos para sus cursos de idiomas se encienden las lámparas justas. Ni una más.
Es mi primer día de clase en esta escuela de Berlín Este, en el barrio de Pankow. Compruebo la dirección en la carta que recibí confirmándome que el curso tenía suficientes alumnos para formarse. Es ahí.
Nadie sale a recibirme. Como he llegado temprano porque tenía miedo de no encontrar el lugar tampoco hay gente en el vestíbulo, de modo que no tengo a quién preguntar por las aulas ni hay modo de averiguar dónde están las listas de alumnos.
Cuando los ojos se me han acostumbrado a la semioscuridad, veo que a ese vestíbulo llegan tres largos corredores flanqueados por aulas cerradas y silenciosas. A mi derecha queda una escalera iluminada por la escasa luz que llega del exterior a pesar de que es primavera. No ahí dentro.
En el papel que he recibido aparece el número de un aula 134. Si en el este la lógica es la misma que en el resto del mundo, tiene que estar en el primer piso. Decido subir. Mis pasos resuenan en el enorme vestíbulo vacío. Justo cuando llego al pie de la escalera, oigo como a mis espalda se abre una puerta con violencia.
Una voz agria con un marcado acento berlinés me increpa:
- ¿Quién es usted? ¿A dónde cree que va?
Me vuelvo y me encuentro cara a cara con un hombre que rondará los sesenta años vestido con un mandil gris que acaba de salir de un cuarto que quedaba escondido en la esquina más oscura del vestíbulo.
Su mirada llena de desconfianza consigue que mi alemán más bien precario aún resulte más escaso, así que tengo que intentarlo dos veces hasta que consigo hacerle entender que soy la nueva profesora de español. Lejos de cambiar su actitud, el hombre aún me mira con mayor hosquedad.
- ¿Y qué hace aquí tan temprano? Su clase empieza dentro de media hora.
No espera mi respuesta, sino que con rostro agrio me hace un gesto impaciente con la mano para indicarme que lo siga. Subo detrás de él la escalera y me esfuerzo por no entender lo que está diciendo entre dientes. Después me abre la puerta de un aula y me indica que ésa es la mía, como si fuera el carcelero que me enseña la celda en la que voy a pasar una condena muy larga.
Me quedo ahí dentro, sin atreverme a volver a salir. Doy un vistazo al aula. Los encargados de la limpieza ya han pasado por ahí y todas las sillas están colocadas sobre las mesas. Sobre la mía, que está elevada en una tarima, encuentro la lista de participantes. Diez.

Como si se hubieran citado para no tener que entrar solos en el aula, los diez berlineses del este deseosos de aprender español entran juntos al aula. Me miran brevemente y me saludan muy bajito en alemán.
Yo los recibo con mi sonrisa más amplia, la de "hola, no tengáis miedo, soy vuestra nueva profesora y vuestra amiga". Pero no recibo ninguna sonrisa de vuelta, todos pasan por delante de mí, me dirigen ese corto vistazo y bajan la vista. La sonrisa empieza a quedarme algo ridícula en la cara, pero me dura poco.
De pronto, me doy cuenta de que se han ido todos al fondo del aula, han bajado las diez sillas que necesitan para sentarse en las dos últimas filas y me miran aplastados contra los pupitres por entre las patas de las sillas que han dejado sobre las otras mesas. Me observan con curiosidad, me siguen entre las patas de esas sillas elevadas, como si acecharan desde detrás de una barrera protectora, apartan la vista si se encuentran con mis ojos. En ese momento me doy cuenta de que para ellos soy algo exótico. La primera española "viva" que ven. Las patas de esas sillas me hacen sentir como un animal del zoo. Una mujer de unos treinta años, sin dejar de mirarme, cuchichea algo al oído de una chica más joven que está sentada a su lado. No sé que la habrá dicho, pero me lo imagino.
¿Tú crees que muerde?




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