• N i ñ o s    b l a n c o s

- El primer niño blanco apareció al lado de los timbres del bloque de pisos en el que vivía el niño muerto. Pero nadie se fijó en él.

La inspectora Rius, unos treinta años, corpulenta, cabellos claros recogidos en una coleta, dejó sobre el escritorio la taza de café con la que se calentaba las manos y buscó algo dentro de una de las carpetas que tenía preparadas para mi visita. Al teléfono ya me había adertido de que la calefacción no funcionaba. Agradezco no haberme quitado el abrigo. A primera hora de la mañana todavía hay poca gente en la comisaría, así que falta incluso el calor de los cuerpos humanos. Dos putillas jóvenes, que esperan sentadas en un banco en una esquina, se aprietan la una contra la otra para darse calor. Comparten un único abrogo con el que pugnan por cubrirse las piernas desnudas. Un agente unos pocos años más joven que las putas está sentado delante del escritorio con cara de haber pasado una mala noche y se esfuerza por terminar de escribir un texto, se le nota en la cara el esfuerzo que le cuesta cada frase. Me hace gracia que, a pesar de que los ordenadores han jubilado casi todas las máquinas de escribir, la técnica de mecanografía de los policías siga siendo la misma: martillear con el índice y maldecir el teclado.

El turno siguiente va llegando despacio. Algunos de ellos no tienen mejor cara que el joven policía que lucha por acabar su informe y poder largarse. La inspectora me ha concedido la cita una hora antes de que empiece su turno de trabajo. Quizás, pensé después de haberme puesto en contacto con ella por teléfono, no quiere que la entrevista se prolongue demasiado y de este modo sabe que por fuerza tenemos el tempo limitado.

Hubiera preferido entrevistarla fuera de la comisaría, pero la inspectora me había dejado también muy claro que no quería ocuparse de ese asunto en su tiempo libre. Y podía entenderlo muy bien.

Extrae una fotografía de la carpeta. Como la pone justo al lado de la grabadora, mi primera preocupación es apartarla para que el crujido de los papeles no perjudique el sonido. Sólo después, cuando ya la tengo en las manos, le doy un vistazo y no puedo reprimir un gemido. La dejo de nuevo sobre la mesa.

Con una entonación pesada, de una pastosidad que recuerda un fagot, como pensé cuando hablé con ella la primera vez por teléfono, la inspectora Rius me advierte:

- Podrá describirla en su artículo, pero está terminantemente prohibido hacerla pública. También las de las otras víctimas. No facilitamos copias. A nadie.

Asiento con la cabeza. No pido explicaciones, no las necesito. ¿Alguna vez han visto el cuerpo de un niño ahorcado?

Me siento incapaz de mirar con atención la fotografía y sólo retengo los árboles pelados por el invierno, la postura del cuerpo inerte, con los brazos cayendo sin fuerza, de un modo antinatural en un crío, que tiene que ser una fuente de energía. Y un pie descalzo.

- El zapato estaba al lado del árbol.

Me enseña otra foto. Sólo el zapato y el tronco del árbol. Fijo la vista en ésta para no ver la otra imagen. He conseguido no ver la cara del niño.

- En aquel momento nadie podía imaginarse que sería el primero de una serie.

- ¿Cree que el asesino hubiera seguido matando?

- Estoy convencida de ello. Hasta que los hubiera matado a todos. Nueve o diez. Quizás más. Nunca lo podremos saber exactamente.

- ¿Cuándo supieron que era un asesino en serie?

- Cuando apareció el segundo niño muerto en un edificio en construcción y alguien se fijó por primera vez en la figurita de un niño blanco pintada en la pared de su casa.

Esta vez no necesito mirar las nuevas fotografías que me muestra. Conozco bien estas imágenes; la prensa, mi periódico entre otros, las ha difundido profusamente. Muestran una especie de monigotes, todos reproducen el contorno de una figura humana marcada con un trazo grueso de tiza. Parece uno de esos monigotes de papel que antes se colgaban de la espalda de la gente el 28 de diciembre para después gritarles “inocente, inocente”.

- ¿Por qué los llamaban los “niños blancos”?

- Bueno, eso fue cosa de la prensa.

- Supongo que es por la forma de la figura, con esa cabeza desmesuradamente grande y las piernas algo cortas, las típicas proporciones infantiles.

También porque después de la segunda muerte quedó claro que esas figuritas marcaban las casas en las que vivían los niños asesinados. Lo sabemos las dos.

- Cuando encontraron al primer niño muerto colgando de un árbol en el parque, pensamos primero que podría tratarse de un suicidio, aunque el suicidio infantil sea algo muy raro. Pero el niño no tenía el perfil habitual en estos casos, que ya le he dicho son muy raros. Todo lo contrario, tenía buenas notas, muchos amigos y una familia intacta.

- Ninguna razón aparente.

- Ni la más mínima. Y créame, a estos críos a fuerza de analizarlos llegamos a conocerlos como si fueran los nuestros. El segundo muerto, en cambio, era, según nos dijeron los maestros, un chaval más bien conflictivo. Lo habían expulsado más de una vez de la escuela y, por lo que se averiguó, los más pequeños le tenían miedo. Parece que más de una vez había robado dinero a los niños de cursos inferiores e incluso a los de su propia clase. Llegaron a llevarlo una vez a comisaría porque había atracado un niño para robarle el Game-Boy a punta de cuchillo. Los padres, ambos drogodependientes, ignoraban sistemáticamente las advertencias de los maestros. Lo más triste es que el día de su muerte sus padres lo echaron de menos pasada la medianoche. ¡Un crío de nueve años! Y los padres ni se dan cuenta de que no ha ido a cenar... Después todo eran lloros y lamentos.

- Lo querrían. A su manera.

Una vez pronunciadas estas palabras soy consciente de que se trata de una observación vacía y absurda.

- Sí, supongo que sí. Como ve, nada que ver con el otro. La única cosa que tenían en común es que iban a la misma clase. ¿Quiere quizás un poco más de café?

No cambia el ritmo lento de su forma de hablar al cambiar de tema. Si al principio me ha parecido que arrastra cada palabra, ahora pienso que son las palabras las que se arrastran las unas a las otras, como si me estuviera mostrando un tejido de frases ya hiladas antes de ser articuladas, como si hubiera aprendido el texto de antemano.

Acepto el café. Aunque llevo puesto el abrigo me estoy quedando helada.

La inspectora sale de la habitación. Apago la grabadora y aprovecho para dar un vistazo a ese espacio. Antes no he podido hacerlo. Ella me ha recogido en la recepción, me ha hecho pasar rápido a esa estancia y me ha acomodado ante su escritorio, donde me encuentro ahora. Observo mi entorno. Las paredes agradecerían una mano de pintura, la habitación está muy llena: cuatro escritorios más con ordenadores y papeles, uno de ellos ocupado por el joven agente, otro por un policía de unos cincuenta años, los otros dos están aún vacíos. Me doy cuenta de que han desaparecido las dos putillas sin que me haya dado cuenta. Me pregunto qué les habrá pasado, si las han encerrado en una celda o han dejado que se vayan. La figura voluminosa de la inspectora Rius aparece de nuevo por la puerta con dos tazas de café humeando en las manos. Después de que ambas hayamos tomado un par de sorbos en silencio no puedo dejar de manifestar mi sorpresa por la buena calidad del café.

- No se lo espera una en una comisaría, ¿verdad?

- Pues no, pero tengo que reconocer que es la primera vez que entro en una. Todo lo que sé del café de una comisaría lo sé de las series de la tele, donde los policías siempre se quejan porque el café es como agua sucia y por eso tienen úlceras de estómago.

Me lanza una mirada interrogante y temo que piense que se encuentra ante una principiante.

- Es la primera vez que hago crónica policiaca. Normalmente me ocupo de las noticias sociales y he solicitado documentar este caso porque considero que refleja a la perfección algunos de los problemas de la sociedad actual.

Recibe mi explicación no solicitada con un gesto leve de asentimiento, pero sigo sintiéndome incómoda. Vuelvo a poner en marcha la grabadora.

- Después de la muerte del segundo niño entraron ustedes, la policía criminal. ¿Es correcto?

- A partir del segundo muerto entramos oficialmente, porque a éste lo mataron de un golpe en la cabeza. Pero ya estábamos siguiendo el caso desde el primer muerto. Había demasiados indicios que apuntaban que no podía tratarse de un suicidio, aparte del perfil de la víctima.

- ¿Por ejemplo?

- Los nudos de la cuerda, muy complejos para un crío. Y la altura a la que apareció le cuerpo.

- Quizás trepó al árbol.

- Cierto, pero entonces ¿por qué no subió más alto? Si se trataba de llevar a las últimas consecuencias la fantasía infantil de “me moriré y después todos llorarán”, le faltaba dramatismo, la grandiosidad o la grandilocuencia que suele acompañar este tipo de actos. Cuando apareció el segundo muerto se confirmó que era obra de un adulto. Desgraciadamente las bajas temperaturas habían helado el suelo y el asesino no había dejado huellas alrededor del árbol.

- Y entonces descubrieron los niños blancos.

- Así fue. Pero no lo hicimos público. Tomamos medidas preventivas para que no pudiera darse otro caso. Dado que la escuela y la clase coincidían, pusimos a los padres y a los maestros sobre aviso. Estos se organizaron para controlar que los niños no estuvieran nunca solos y que siempre se supiera dónde estaban. Algunos padres extremaron las medidas hasta el punto de impedir que los críos jugaran en la calle y que si lo hacían siempre hubiera dos adultos con ellos para vigilarlos.

- ¿Dos padres?

- Muchos decían que si era necesario luchar contra el presunto asesino era meor que fueran dos adultos. Yo creo que, cuando se trata de la protección de los hijos, los padres se vuelven terriblemente desconfiados, algunos incluso paranoicos. No sólo vigilaban a los críos, algunos se vigilaban los unos a los otros.

- Es comprensible.

- Sí, supongo que sí. ¿Usted tiene hijos?

- No. ¿Y usted?

- Tampoco.

El joven agente ya ha acabado de copiar el informe, se estira aparatosamente antes de imprimirlo. El ruido de la impresora, un aparato prehistórico de agujas cubre el silencio, un poco extraño, en el que ambas hemos caído, como si acabáramos de confesarnos mutuamente algo vergonzoso.

El agente se acerca y pidiendo permiso para interrumpirnos con un leve movimiento de la cabeza se despide de la inspectora Rius.

- Marta, envío este informe a la fiscalía y después me voy. Mañana tengo libre. Nos vemos el jueves.

- Muy bien. A ver si descansas, que tienes muy mala cara.

El joven agente le da un golpecito en los hombros y se va. La inspetora continúa su narración.

- Tres semanas después del segundo muerto, un lunes, apareció el tercer niño. Otra vez muerto de un golpe en la cabeza. Regresaba por la tarde de una clasede inglés.

- ¿No lo acompañaba nadie?

- Iba a otra escuela, vivía en un barrio diferente al otro lado del parque.

La inspectora Rius hace una pausa breve para tomar un sorbo de café. Dentro de la grabadora la cinta gira y registra este momento de silencio, pero no el cansancio que le noto de repente. Está muy lejos de la euforia que se podría esperar tres días después de que haya resuelto el caso y la fría neutralidad con que cuenta lo que sucedió me lleva a sospechar que el asunto más bien le ha resultado doloroso. Respira profundamente antes de proseguir.

- Los padres del niño empezaron a ponerse nerviosos cuando vieron que llegaba tarde, pero en ese momento ni se les pasó por la cabeza que su hijo pudiera ser víctima del asesino del que hablaban los periódicos. La familia vive en una casa de dos plantes en una calle poco transitad. La madre miraba de vez en cuando por la ventana del primer piso esperando que el niño apareciera. En una de esas ocasiones vio que se acercaba una persona vestida de oscuro que llevaba la cabeza cubierta por un gorro de lana. Al llegar a la puerta de la casa, se detuvo. La madre pensó que tocaría el timbre, pero unos segundos después esta persona se fue por donde había venido. La mujer se extrañó, bajó y vio la figurita del niño blanco pintada al lado del timbre. Como aún no se había hecho pública esta información, no podía imaginarse que su hijo estaba muerto dentro de un contenedor.

- Entonces decidieron hacerlo público.

- No se puede decir que fuera una decisión. Más bien se filtró antes de que pudiéramos reflexionar sobre las consecuencias. Si no fuera porque alguien dejó correr la información, la opinión pública no hubiera llegado a saberlo hasta que hubiésemos resuelto el caso. No sabemos quién la difundió y queremos concederle el beneficio de la duda y pensar que lo hizo con las mejores intenciones, pero el efecto de la noticia fue devastador para la investigación del caso. De golpe aparecieron niños blancos por todas partes. Parece ser que había quien encontraba divertido gastar bromas crueles en las casas en las que vivían niños de la edad de los muertos. No sé si los estúpidos que lo hacían –por primera vez el tono de voz de la inspectora Rius pierde la neutralidad para dar paso a la ira- eran conscientes del miedo y la ansiedad que causaban a muchos padres y niños. Para nosotros fue un infierno. Teníamos que realizar centenares de comprobaciones si queríamos evitar que una negligencia costar la vida a otro niño. Nos concentramos en buscar posibles puntos en común entres las víctimas, la dad no bastaba. Eso nos llevó al parque. Averiguamos que los tres niños se encontraban allí para jugar al fútbol. Nos lo confirmó el dueño del quiosco de chucherías que está a la entrada del parque.

Recordaba muy bien la imagen del hombre del quiosco, un albino de unos cuarenta años, con los ojos siempre ocultos tras unas gafas de sol, incluso los días nublados. Su fotografía apareció también en mi periódico, así como la de su hijo, que había heredado la enfermedad de su padre. Un crío de ocho años, blanco, casi transparente, con el pelo clarísimo que miraba desafiante a la cámara con sus ojos rosados desde el interior de la caseta de su padre.

Justamente es ésta la foto que me muestra la inspectora Rius.

- Aunque aquí mire tan hosco es en realidad un niño tierno y dócil. Su madre murió hace dos años y él se pasaba las tardes en el quiosco del padre porque los otros no querían jugar con él.

Conocía la historia y no podía más que compadecerlo. Si antes lo habían marginado por su aspecto extraordinario, ahora lo harían porque era también el hijo de un asesino.

Pero nada podía conducir a aquel hombre amable, que decoraba el quiosco con primor y que parecía sentir un amor casi pueril por las chucherías que vendía; las tenía ordenadas minuciosamente y las ponía con unas pinzas en bolsitas de papel blanco. A veces tardaba más en llenar las bolsitas de dulces que los niños en devorarlas. Aquel hombre, de paciencia infinita con los niños, que nunca se enfadaba ni cuando era groseros ni impacientes ni gritones. A aquel hombre la policía le concedió el rol de fuente de información privilegiada, lo involucró en el caso pidiéndole que avisara de cualquier cosa, por mínima que fuera, que le llamara la atención en el parque.

- Cada día una patrulla controlaba el parque y la zona limítrofe. Cada día los compañeros se paraban en el quiosco, charlaban con el dueño, que los invitaba a café y les regalaba dulces si tenían hijos.

- Dos semanas.

- Exactamente. El parque estaba medio desierto. Los padres, al saber que los asesinatos tenían alguna relación con el parque, ya no dejaron que los niños fueran allí. Por las noches el parque se convertía en una especie de lugar maldito, en el que los adolescentes entraban para someterse a una prueba de valor. En un par de ocasiones algún jovencito creó una alarma porque ls policías que vigilaban el parque veían pasar de golpe alguien corriendo por la zona.

- ¿Una prueba?

- Sí. Se trataba de cruzar el parque después de que oscureciera. Una vez los compañeros pillaron a uno y se puso a gritar que no lo mataran, que ya tenía dieciséis años. Como todos los muertos tenían entre ocho y diez años pensó que el asesino no tendría interés en un grandullón como él. Pero el miedo estaba presente.

Se me escapó una sonrisa al imaginarme esa situación que no dejaba de tener cierta comicidad. La inspectora imitó mi expresión, pero su mirada seguía siendo triste.

- Igual como había sucedido con los descerebrados que dibujaban niños blancos en las casas, el hecho de saber que había una vinculación entre el parque y los asesinatos despertó estos juegos morbosos. Así es la gente. No se puede hacer nada..

- Y mientras tanto la investigación seguía.

- Se controló si había algún pederasta por la zona, a pesar de que ninguno de los cuerpos presentaba signos de abusos sexuales. Localizamos a un par de fichados y los sometimos a vigilancia. También se hizo una investigación a fondo de las familias, por si se trataba de un acto de venganza contra una de ellas y las otras muertes fueran sólo una maniobra para despistar. Se investigó a los maestros de las dos escuelas afectadas. Todo infructuoso.

Sólo la inspectora Rius, que cada día pasaba por el parque y se quedaba un rato observando la zona en la que habían jugado los niños muertos, concedió suficiente atención a algunos detalles. Sólo ella supo leer entre líneas las declaraciones de los otros niños que también solían jugar en el parque. Sólo ella apreció el menosprecio sistemático e irracional que esos niños entre ocho y diez años mostraban por el hombre del quiosco y su hijo. Sólo ella, sin decírselo a nadie, porque seguramente la hubieran tomada por loca, decidió vigilarlo y pudo evitar así una cuarta muerte.

Después totas se apresuraban a alabarla por su sagacidad, por haber sabido interpretar las señales a las que los otros habían sido ciegos.

- Pero, ¿cómo pudo llegar siquiera imaginarse que fuera ese hombre?

El quiosquero albino. El padre de un niño albino. El padre que, enloquecido, había confundido a los niños que atormentaban y humillaban a su hijo, que lo alejaban de ellos, tirándole piedras, cuando se acercaba aunque sólo fuera para mirar los partidos de fútbl, que lo llamaban “muñeco de nieva” o “ojos de vampiro”, que le tendían trampas para tiznarlo de fango o de betún “para que cojas color”... El padre los había convertido en esos que se habían portado así con él hacía años. Y después de tanto tiempo, la bomba de relojería había explotado finalmente en un frenesí de venganza. ¿Cómo lo había podido averiguar la inspectora?

- Empatía.

La inspectora ya había previsto mi asombro porque al momento me dio una foto, pero esta vez no la sacó de una de las carpetas del caso sino de su propio bolso.

La imagen mostraba una clase en una escuela mixta. Los niños, de unos diez años, estaban alineaos en tres filas. Algunos se abrazaban, otros se cogían de las manos, otros se pasaban los brazos por los hombros del compañero o la compañera.

Después de dejar que la contemplara unos segundos, la inspectora puso el dedo sobre la única figura que no tocaba ni era tocada por nadie. La única del grupo que se veía completamente aislada. Una niña gorda, la mirada de la cual quedaba escondida tras unas gruesas gafas para corregirle el estrabismo y que se le comían media cara.

- Ésta soy yo.