Foto de monosodium

Sentada en el tranvía, veo que alguien me observa. Por su expresión diría que me conoce. Casi amaga un saludo, pero como en mi rostro no encuentra la más mínima reciprocidad, lo inhibe. Lo malo de los gestos es que, aunque nos parezca que los cortamos de raíz, siempre llegan a asomar. La persona sabe que lo he visto y aparta la vista, no sabría decir si dolida o enfadada. Yo hago lo mismo y durante el trayecto entre dos paradas miro por la ventana. En algún momento me parece notar que la persona me ha vuelto a mirar una o dos veces pero resiste el impulso de volverme.

Poco después percibo que se mueve. Se levanta del asiento, va a bajarse en la próxima parada. No lo puedo evitar, me vuelvo justo para captar su mirada y de nuevo un conato de saludo. Leo en sus ojos un ¿de verdad no sabes quién soy? y llegamos a la parada. Las puertas se abren y sale. Camina encogida, como si quisiera esconder la cabeza entre los hombros, se aleja. Mientras tanto ya han acabado de subir los nuevos pasajeros, las puertas se vuelven a cerrar y el tranvía se pone en marcha.

La persona camina en la misma dirección, pronto la adelantamos. La veo desde la ventana. Justo a mi altura, me mira y se atreve por fin a saludar. La lentitud del tranvía me permite mirarla a la cara sin disimular. No sé quién es.

Me vuelvo para prolongar mi observación sin disimulo, desde la impunidad de la creciente distancia. Nada. Absolutamente nada de ese rostro, de esa manera de moverse, de esa forma de caminar consigue que algo empiece a despertarse en mi memoria. Ni una imagen, ni un sonido, ni un mínimo golpe de luz. Nada. No sé quién es. Todavía un último atisbo de esos ojos que he entristecido con mi ignorancia. La pierdo de vista y justo en ese momento me doy cuenta de que ahora sí que no podré olvidarla.

3 Comentarios

  • Edda Enviado el 2 julio, 2011 8:50 pm

    Qué bueno, Rosa. Y que triste, porque esto que cuentas pasa. A mí me ha pasado en un hospital. Pero en mi caso fue divertido, porque los dos nos reconocimos y nos saludamos con un "Oye, yo a ti te conozco". Incluso quedamos después para hablar de ello durante un café. Y no hubo forma de averiguar de qué nos conocíamos.
    Ha pasado el tiempo y no he podido olvidarle. Ahora es el que olvidé una vez.

  • LASIESTADELVIGÍA Enviado el 5 febrero, 2012 5:55 pm

    Muy bueno. Yo hay dias que experimento algo complementario a lo que expones. No sé si tendrá algo que ver. Después de ver mil caras durante la jornada llega un punto en que todas me suenan de algo, creo conocer a todo el mundo. Entonces sé que es el momento de regresar a casa.

    • Rosa Ribas Enviado el 5 febrero, 2012 6:53 pm

      Cierto. Para mí también era una señal de una especie de agotamiento social.
      Gracias pro tu comentario.

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