Se cree habitualmente que dándoles nombres a las cosas se las domina y, aunque sepamos que es una falacia, nos parece que las denominaciones y los referentes denominados tienen algo que ver unos con otros.

Por eso me he esforzado en llamar de algún modo a lo que me sucede. Demasiado tarde me he dado cuenta de que precisamente el intento de adivinar la etiqueta que recibiría mi desgracia es la causa del mal que me afecta. ¿De qué mal estoy hablando? De lo que he decidido llamar “hipocondría mediática”.

Es una dolencia nueva, por lo menos no la he encontrado en los libros que he consultado, y al principio pensé incluso en darle mi nombre, pero después recapacité. ¿De verdad querría ver mi nombre engrosando las filas de los nombres temidos como Parkinson, Alzheimer o Kaposi? No. Por eso le busqué un nombre que lo describiera, como “hipocondría mediática”.

¿Qué es la hipocondría mediática?

Es la obsesiva –obsesiva, sí, lo digo con la conciencia de que este adjetivo no arroja una luz positiva sobre mi persona– creación de titulares sensacionalistas sobre mi trágico destino.
“No podía imaginarse XY cuando entró en el lavabo del primer vagón del tren de alta velocidad que ese receptáculo iba a ser su féretro. A los pocos minutos el tren chocó con otro que venía en la dirección contraria. Error humano, dicen las fuentes de la policía”

“Como todos los días, XY bajó confiado al aparcamiento subterráneo ignorando que hacía pocos horas se había escapado un preso peligroso del penal de…”

“Siempre subía a su oficina a pie porque decía que era más sano. ¿Por qué precisamente en esa infausta mañana tuvo que decidir tomar el ascensor?”

No es tan grave, piensa alguno de ustedes, se lo leo en la mirada. Claro, ustedes no saben lo que es que te ataque de pronto la formulación de un titular y tener que salir corriendo del lavabo del tren, con los pantalones medio abiertos. O no poder coger el coche y tener que volver a casa en metro, leyendo el periódico para que no te asalte el titular “Justamente ese día, tuvo que producirse el breve pero intenso terremoto que sepultó un metro entre dos estaciones”. O tener que subir a pie los seis pisos hasta la oficina cargando varios archivadores y tratar de no pensar en cómo murió Stieg Larsson. No, no es nada divertido. Ya que lo tengo yo por primera vez en la historia, tal vez sí que debería haberle puesto mi nombre. Quizás así mostrarían ustedes un poco más de respeto.

8 Comentarios

  • Alice Silver Enviado el 24 enero, 2012 10:52 pm

    ¡Buenísimo!

  • Rosa Ribas Enviado el 24 enero, 2012 10:54 pm

    Muchas gracias, Alice.

  • detectives salvajes Enviado el 25 enero, 2012 9:47 am

    Me gusta. Sólo falta reproducir el ruido, el físico, claro.

    • Rosa Ribas Enviado el 1 febrero, 2012 7:01 am

      Gracias.

  • menopausia.hoy Enviado el 29 enero, 2012 7:15 pm

    Estoy totalmente de acuerdo. Debes bautizarlo,y más propiamente bautizarte "hipocondría mediática",o HM como lo/te nombraríamos en mi país.

    • Rosa Ribas Enviado el 1 febrero, 2012 7:02 am

      HM, me gusta.

  • Ricardo Lampugnani Enviado el 7 febrero, 2012 7:50 pm

    ¡Muy bueno! Me encanta, si hasta me creí y todo que podrías tener una enfermedad. Bueno, si lo fuera, para algo ha servido. Un saludo

  • Marta Kapustin Enviado el 15 febrero, 2012 3:50 pm

    Rosa: la historia de la medicina espera que la HipoMedia lleve tu nombre. El síndrome Ribas. O el efecto RR. Pensalo.
    En cuanto al primer vagón del tren ¡por supuesto no hay que subirse nunca a él!

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