Se dice que el miedo a las arañas es atávico, que está escrito desde tiempos inmemoriales en nuestros genes como el miedo a las serpientes o a la oscuridad. Son miedos heredados, residuos de otras etapas de la evolución humana. Son miedos inservibles, sobre todo en el hemisferio norte. Son miedos que, según muchos psicólogos, están radicados en la parte más primitiva de nuestro cerebro, el cerebelo; otros los colocan incluso en el bulbo raquídeo. Por eso siempre creí que mi pasión por los arácnidos mostraba que los años de civilización sí que han modificado el cerebro humano y que han logrado borrar del mapa los miedos primitivos, para dajer paso, eso sí, a miedos nuevos, que ahora no vienen al caso, porque estoy hablando de arañas.

El amor a los arácnidos me hacía sentir parte de un sector de la humanidad más avanzado y moderno, más alejado de las cavernas. Lo consideraba, además, innato en mí, porque lo sentí desde la infancia. Era tan intenso que mis padres, a pesar de que ellos sí sentían pavor por ellas (ya se sabe que la evolución da estos saltos, de una generación a otra), me permitieron tener en casa un par de terrarios con arañas, inocuas, por supuesto. Ya durante mis estudios, recorrí selvas en busca de ejemplares de tarántulas desconocidas. He levantado piedras en zonas desérticas para buscar loxosceles, o arañas cangrejo, que cazan sin red, simplemente corriendo detrás de sus víctimas, he buscado entre las hojas de los árboles, en los muros de casas abandonadas, debajo de escaleras y alféizares. Llevaba años en mi laboratorio rodeado de cajas traslucidas dentro de las cuales se mueven y agitan, gráciles como bailarinas. Contemplaba con fascinación cuerpos que parecen dibujados con lápices finísimos, o superficies abombadas recubiertas de pelos sensibles, o cuerpos con la forma y el color de un violín. Para mí no existían animales más bellos.

Hasta que hará un mes me levanté por la mañana y al entrar en el baño vislumbré una sombra estilizada correteando sobre ocho patitas por las baldosas blancas y descubrí en un rincón entre dos estanterías una tela tenue, casi invisible.

El mismo tiempo que la araña necesitó para esconderse fue el que le bastó al miedo para surgir del rincón profundo del bulbo raquídeo en el que había estado agazapado durante todos estos años, y, como un rencor viejo, surgió con una virulencia incontrolable.

No he podido pisar mi laboratorio desde entonces.

6 Comentarios

  • Celia Jaén Enviado el 15 febrero, 2012 5:58 pm

    Me acabas de dejar hecha polvo. Ahora me da miedo pensar que lo que no me daba miedo me lo puede desencadenar en cualquier momento.
    Un relato excelente.

    • Rosa Ribas Enviado el 17 febrero, 2012 10:06 am

      Muchas gracias. Espero que el efecto quede en ficción.

  • Jésvel Enviado el 15 febrero, 2012 10:28 pm

    Rosa, genial, como siempre.

    • Rosa Ribas Enviado el 17 febrero, 2012 10:06 am

      Muchas gracias, Jésvel. Me alegro de que leas mis textos y de que te gusten.

  • Anónimo Enviado el 17 febrero, 2012 12:30 pm

    Pobrecito artropodo 🙁

  • Marilyn Recio Enviado el 16 marzo, 2012 12:28 pm

    Genial! No despegue mis ojos del texto ni un segundo, ademas instructivo.

Añadir comentario

Responder a Rosa Ribas Cancelar respuesta

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*