Fue un gran momento aquel en el que descubrió que en su interior también albergaba un monstruo. Como todos. Lo había anhelado desde siempre, desde que en su infancia descubrió que, al contrario que todos los demás, él no lo tenía. Los otros lo llevaban siempre consigo, casi siempre escondido, aunque a veces incluso lo sacaban a la luz con toda impudicia. A él nunca se lo encontraron ni sus padres ni sus amigos, ni siquiera los enemigos, que lo detectan enseguida incluso lo buscan. Lo sabía porque, de pronto y sin que supiera la razón, a veces algunos lo miraban de otra manera. Cuando empezó a dominar los recursos del lenguaje pudo denominar esas formas de mirar. Desconfianza. Rechazo. Prevención. Asco. Miedo.

Eran los nombres que les podía dar a las chispas que veía saltar en contadísimas ocasiones de los ojos de las personas al mirarlo a él. Nunca prendieron, nunca les siguió un fuego porque su personalidad hacía que las chispas se ahogaran en un suave lecho de hierba húmeda.

Él, sin embargo, guardaba cada uno de esos desajustes en la memoria y los oponía a los adjetivos con que sus numerosos amigos lo solían adornar. Amable. Bondadoso. Cariñoso. Cortés. Plácido.
Y es que él quería, como todos los demás, tener un monstruo dentro. Sabía que sería perfectamente capaz de alojarlo. Lo buscaba sin encontrarlo y se sentía, a pesar de ser la persona más querida, sólo media persona.

Por eso protegía como un sacerdote que guarda el fuego sagrado las chispas de los ojos de sus congéneres esperando encontrar en su interior algún rincón seco en el que pudieran convertirse por fin en una llama. Un poco de desconfianza, dos instantes de prevención, una migaja de asco, unas gotas de rechazo. Miedo, por favor, un poco de miedo, casi mendigaba.

Hasta que un día la llama prendió. Diminuta y frágil, como la de una cerilla. No más. Pero lo hizo feliz. Ya tenía monstruo. Era un monstruo pequeño, raquítico, mezquino, pero era el suyo.

Esa noche salió a darle de comer.

Otros estarían alimentando los suyos desencadenando guerras, maltratando a alguien indefenso, torturando a un animal, vejando a un compañero. Él salió de casa de puntillas para no despertar a la familia, bajó los cuatro pisos por las escaleras para no molestar a los vecinos con el ruido del ascensor, sujetó la puerta para que no golpeara al cerrarse. Caminó dos calles hasta que llegó al parque de su barrio, se acercó a una papelera y le dio una patada que volcó todo le contenido en el suelo, al lado de un banco.

Después, con el mismo sigilo, volvió a casa y se acostó. Durmió con una placidez nueva. Por fin tenía un monstruo. Era una persona completa. No le importaba que fuera un monstruo pequeño, raquítico y mezquino. Era su monstruo y, como todos los monstruos, era maligno. Otra cosa no contaba.

1 Comentario

  • LASIESTADELVIGÍA Enviado el 19 marzo, 2012 5:44 pm

    Muy bueno.
    Veremos cómo lo cuida, cómo le da de comer, cómo aprende a gobernarlo, cómo lo adiestra, lo camufla, lo esconde, lo disfraza, cómo lo olvida, para luego rescatarl; cómo en ocasiones lo expone orgulloso en público y en otras se avergüenza de él.
    Veremos al final si lo mata o si es el monstruo quien acaba devorándole.

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