Un día decidimos enviar un explorador para que recorriera el mundo, para que “tratara de llegar a los límites del universo”, dijo el representante del gobierno en un momento de euforia retórica.

Lo malo es que lo hizo, llegó a los confines del universo. De nuestro universo. Había necesitado dos años de los nuestros para llegar hasta ellos y dos más para volver a contarnos lo que había descubierto. Por suerte, fui la primera persona con quien se encontró a la vuelta y, después de que me hablara de su descubrimiento, lo maté.

Esto no habría sucedido si el gobierno hubiera seguido mi consejo. Si hubiéramos enviado a uno de esos exploradores que caminan por caminar, a quienes guían los pies y no la cabeza, que anotan con maníaca precisión todo lo que ven, cada piedra, cada riachuelo, cada animal. Gente que hace listas, enumeraciones, inventarios. Que describen pero no preguntan. Pero no. Tuvieron que mandar a uno que no se conformó con llegar lejos, regresar y describir, sino que se empeñó en llegar literalmente a los límites y, en vez de regresar, rebasarlos.

Hizo preguntas.

Esto fue, muy resumidamente, lo que me contó:

“Nuestro universo es rectangular. Se ha desarrollado debajo de lo que en el universo superior se denomina coche, concretamente debajo de un modelo llamado Renault 5 que está abandonado desde hace unos dos años de la unidad temporal del universo superior en una calle pequeña de una ciudad llamada Berlín. Los montes y montículos que determinan la orografía de nuestro mundo se denominan adoquines, la tierra fértil que nos alimenta y en la que nos cobijamos la pusieron los seres del universo superior para que los adoquines no se muevan. No he logrado averiguar por qué se mueven y qué tiene de malo que lo hagan. Somos un ecosistema que se ha desarrollado gracias a la desidia de las autoridades municipales del universo superior que en todo este tiempo no han descubierto el coche, porque, por lo que he podido averiguar, no se tolera que los vehículos abandonados permanezcan tanto tiempo en la calle. La angostura de la calle en la que el Renault 5, nuestro límite y cielo, se encuentra ha propiciado las condiciones de temperatura y humedad a partir de las cuales nos desarrollamos. Si en algún momento las autoridades del universo superior desplazan el Renault 5 que nos protege, nuestra civilización se extinguirá.”

Lo escuché y entendí al momento que no podía exponer a mi pueblo al conocimiento de esta demoledora información. Lo maté. Y quedé yo como única depositaria de la conciencia de nuestra absurda existencia. Es duro, créanme, pero comunicarlo a mis congéneres no me aporta nada. ¿Qué ganaría con decírselo? A ellos los hundiría en las dudas y la desesperación. A mí ni siquiera me aportaría consuelo.

Se lo cuento a ustedes porque viven en el otro universo, el que está rodeando el Renault 5, con una advertencia y una súplica. No busquen los confines del universo.

Y, sobre todo, no muevan el Renault 5.

2 Comentarios

  • Jésvel Enviado el 10 abril, 2012 10:00 pm

    Tengo la sensación de que no nos gustaría saber que el R-5 está ahí y con él nuestros confines…

    • Rosa Ribas Enviado el 12 abril, 2012 6:00 am

      Así lo veo yo también.

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