Foto de hotblack

Hace unos meses estuve almorzando en un restaurante de menús de mi barrio. El local había sido una panadería de la que se ha conservado el mostrador. Detrás de él, el dueño distribuye a los clientes en las mesas, da órdenes a los camareros y se cobra. Una de las estanterías inclinadas donde se exponían los panes forma parte de la decoración del local. También algunos de los útiles que usaban los panaderos; aunque, bien pensado, tal vez nunca los usaran en esa panadería.

Igual son tan falsos como los ladrillos que forman un arco sobre la puerta que lleva a los servicios y son tan postizos como las vidrieras con imágenes de aspecto pretendidamente medieval que representan antiguos oficios. O el escudo de cerámica en el dintel de la puerta o los recipientes de cobre de función indefinida repartidos por todo el local. Las mesas rústicas deben de tener tres o cuatro años, aunque finjan más de cien. Si se observa con atención, tampoco el mostrador puede ser original, es demasiado alto para ser el de una panadería, es un mostrador de bar. Nada aquí es antiguo de verdad.

Excepto las fotos. Recorren enmarcadas en dos filas una de las paredes. Son fotos en blanco y negro de tamaño cuarto. La mayoría de ellas serán de las dos primeras décadas del siglo XX.

En una se ve a varias personas cerca de un quiosco de prensa. Unos pasan de largo, otros están a punto de comprar. Dos hombres leen de pie los periódicos recién comprados delante de la caseta; uno de ellos está absorto en el texto, el otro levanta un poco la vista, acaba de descubrir la cámara, pero es demasiado tarde, la foto ya está tomada.

En la de al lado, una niña endomingada pasea por un parque con lago de la mano de sus padres. La madre, con un vestido que le llega hasta los pies, mira hacia la derecha, hacia el agua, donde se intuye que debe de haber botes de remos. El padre baja la mirada para contemplar a su hija, parece que le va a decir algo a la niña que es la única que ha visto al fotógrafo y lo observa con desconfianza.

En la foto siguiente ninguna de las muchas personas que aparecen captadas se ha dado cuenta de la presencia del objetivo. Están sentadas en las mesas de un café, solos en parejas o en corrillos. Todos se hallan tan inmersos en lo que hablan o lo que leen que ninguno se dio cuenta de la existencia del fotógrafo que también aparece reflejado en un espejo al fondo del local, diminuto pero visible.

Estas personas captadas en momentos privados de sus vidas, comprando una bolsita de castañas, subiendo a un tranvía, huyendo de la lluvia bajo un paraguas, bebiendo agua en una fuente pública, dando de comer a las palomas en una plaza, todas esas personas están ahora decorando un restaurante de menús ubicado en una antigua panadería decorada con falsa antigüedades.

Yo no quiero acabar decorando un local dentro de cien años. Tampoco dentro de cinco. Por eso he decidido que a mí los fotógrafos no me cazarán ni paseando por la calle, ni tomándome un café, ni saliendo del cine, ni comprándome un helado. En cuanto aparece alguien con una cámara, vuelvo la cara, si puedo desaparezco de su campo visual. Estoy siempre atenta, siempre en guardia para no ser capturada. He desarrollado ya un instinto para detectar los aparatos fotográficos, mi visión periférica percibe de inmediato los típico movimientos de una persona que se dispone a tomar una fotografía y me muevo siempre de modo que no me pueda captar. Cada día soy mejor. Estoy segura de que no me ha pillado nadie.

Dentro de cien años faltará alguien en las fotografías.

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