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Como una maldición. Así cayó sobre nosotros el comentario que hizo Quim, el testigo de nuestra boda, durante la fiesta. Aunque nos empeñamos en reírnos cuando lo dijo. Aunque Jorge amagara un puñetazo bromista en el estómago de Quim al oírlo. Aunque yo fingiera enojo entre aspavientos.

Quizás si hubiera quedado sólo en eso, un comentario pretendidamente gracioso soltado a destiempo, lo hubiéramos borrado de nuestra memoria, como estoy segura de que borramos tantas otras impresiones de ese día en el que después de doce años de convivencia decidimos casarnos. Pero lo dijo otra vez, como si temiera que no lo hubiéramos oído. Y cuando ya nos alejábamos de él, tomados del brazo para mostrarle cuánto se equivocaba, nos lo repitió una vez más a nuestras espaldas:

– Todas las parejas que como vosotros se casan después de tanto tiempo juntos no llegan al año de casados. Nos volvimos y captamos su expresión circunspecta. Hablaba en serio, casi nos pareció que preocupado. Pero como todos en la fiesta había bebido mucho. Sería que a Quim el alcohol lo ponía sentencioso. Sería eso.

Y, sin embargo, no pudimos olvidar sus palabras, que nos acompañaron desde ese momento. Al principio como una broma privada que repetíamos si se daba algún malentendido entre nosotros. Era como una frase mágica para terminar con pequeñas disputas. Pero después, no sabría decir ni cuándo ni por qué, empezó a tomar cuerpo como reproche tras discusiones que pasaron de esporádicas a frecuentes. Unas veces salían de mi boca, otras de la de Jorge y cada vez ganaban en virulencia.

A los pocos meses de la boda, las palabras de Quim ya se cernían rapaces sobre nosotros.

Han pasado casi los doce meses y siguen ahí, devorando como buitres carroñeros lo que queda de nosotros.

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