Cuando llevas casi tres años de embrión, tienes mucho tiempo para pensar. Demasiado. Sé que algunos dirán que es una suerte, que en realidad no hay prisa, que total para lo que te espera fuera. Pero es que la inactividad tampoco es buena porque piensas demasiado. ¿En qué? Dirán algunos. ¿En qué narices piensa un embrión de armadillo? Pues no sé en qué pensarán los otros, pero yo pienso en muchas cosas.

Pienso en la evolución. En que somos los últimos representantes de nuestra familia zoológica, los Cingulata, lo que tal vez a muchos de ustedes les dará igual, pero a mí me entristece saber que hace varios millones de años no sólo éramos más variados sino que moríamos más dignamente. Pero bueno, eso pasa en todas las familias, se debe a la llamada “ley de vida”, algo que he aprendido a aceptar. Tantos meses en estado embrionario dan para mucho. También para entender que uno no elige el tiempo en que nace.

Si bien lo más probable es que los armadillos no sean para muchos de ustedes un tema de conversación, seguramente les habrá sorprendido que tarde tanto en nacer. Quizás algunos sepan, no se ofendan si lo pongo en duda, que el tiempo normal de gestación de los armadillos es de unos cuatro meses. Ahora que se lo he dicho puede que piensen que por la impaciencia y la oscuridad he perdido la noción del tiempo y que exagero al decir que llevo casi treinta y cuatro meses esperando. No es así. Soy hembra. Por eso sé también que, si llego a la edad adulta, mi cuerpo, como el de mi madre, estará preparado para retrasar el desarrollo de los embriones si las condiciones ambientales no son propicias, si hay sequía o poca comida. ¿Para qué lanzar crías a un mundo hostil?

Pero es que son casi tres años los que llevo esperando y empiezo a preocuparme seriamente por mi futuro. Empiezo a temer que al final pueda acabar como alguno de mis hermanos convertida en charango. ¿A ustedes les gustaría ser la caja de resonancia de algún instrumento? ¿Les gustaría, además, ser la caja de un instrumento con ese nombre? No es necesario que me respondan, ya sé que no.

Me preocupa que me cacen nada más salir. Nacer y ¡zas! Te cazan, te matan, te echan en una olla y te comen. ¡Después de esperar tres años como embrión! Para morirse de la risa.

Pero si les soy sincera, hay algo que aún me aterra más que acabar de charango o de guiso. La carretera. Es lo último. Morir aplastada por las ruedas de un landrover que pasaba la carretera justo en el momento en el que tú decides ir al otro lado. Acabar como una de esas siluetas ridículas que tiñen las pistas y que el sol funde día a día con el asfalto.

Para eso no salgo.

2 Comentarios

  • Jésvel Enviado el 28 abril, 2012 12:34 pm

    Si es que pensar tanto… al final pasa factura………

  • Celia Jaén Enviado el 29 abril, 2012 4:20 pm

    Menuda perspectiva. Desde luego es para no salir.

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