Foto de Chelle

A dos filas de su asiento, un niño golpeaba la mesita con una cuchara de metal sin que los padres, sordos, embrutecidos después de tres años de paternidad, hicieran nada por detenerlo. Detrás, una voz aguda que parecía venir más de la nariz que de la garganta de su dueña convertía una conversación trivial en un lanzamiento de alfileres sonoros que tenía sus nervios acribillados como un acerico.

Decidió ponerse los auriculares que habían repartido entre los pasajeros y mirar la película que se proyectaba en las pantallas que colgaban del techo del vagón. Había empezado hacía unos diez o quince minutos, pero no le costó mucho entender la trama. Una historia de mafiosos en los Estados Unidos, luchas de poder, venganzas, castigos ejemplares, muertos enterrados en algún agujero en el desierto. Cuando la película llevaba ya más de cien minutos el protagonista estaba en una situación que en el minutos sesenta hubiera sido tan emocionante, pero que en las proximidades del final albergaba una posibilidad real de que acabara mal:

descubierta su intención de abandonar la banda mafiosa, sus antiguos amigos le habían tendido una trampa y en ese momento se encontraba golpeado y atado en el interior de una furgoneta. Una furgoneta blanca, de un modelo corriente, no muy nueva, sin rótulos, algo abollada, algo sucia también. Una furgoneta blanca casi idéntica a la que acaba de vislumbrar de reojo por la ventanilla del tren tomando también una curva hacia la derecha en un camino de tierra en algún paraje entre Zaragoza y Guadalajara. La furgoneta blanca tomaba la curva a demasiada velocidad y el cuerpo del protagonista, atado de pies y manos, rodaba por el suelo lleno de grasa seca y polvo.

Las ruedas levantaron una nube de polvo grisáceo, de tierra que llevaba, a mediados de agosto, muchas semanas sedienta. El hombre golpeaba la puerta trasera de la furgoneta en un intento desesperado de liberarse. No sabe dónde está, no sabe que de nada le va a servir porque si consiguiera abrirla y saltar del vehículo, estaría atado de pies a manos en medio de un camino de tierra en un paraje desconocido entre Zaragoza y Guadalajara y que sus captores no tendrían más que frenar en seco, bajarse de la furgoneta entre la nube de polvo y volver a meterlo dentro de un empujón. Se aprovecharían además de su indefensión, sobre todo el conductor, para golpearlo otra vez con saña y el otro le dirigiría mientras tanto palabras burlonas recordándole que allí no los podría ver nadie, que le podrían pegar el tiro allí mismo y que si no lo hacen es porque no quieren que les manche de sangre la furgoneta; así que lo mejor es que disfrute de los pocos minutos que le quedan aunque los vaya a pasar en el suelo pringoso de una furgoneta blanca, sin rótulos y algo abollada. Nadie nos verá, le dice.

No era cierto. Ella los veía. Ella veía la nube de polvo que levantaba la furgoneta al tomar la curva y sabía que tenía que hacer algo. Se levantó, buscó el freno de emergencia y tiró de él con todas sus fuerzas.

Un AVE que circula a casi 300 kilómetros por hora necesita muchos metros para frenar. Vio como la furgoneta blanca se perdía de vista. Pero cuando la policía la interrogó al llegar a Madrid les explicó que no podía ser tan difícil dar con el lugar exacto, que era como las tareas de matemáticas en el colegio: “Un tren salió de Barcelona a las diez de la mañana con destino a Madrid. Su velocidad media fue de 285 quilómetros por hora en le minuto 105 de su recorrido frenó en seco. ¿En qué kilómetro del trazado se encontraba?” Trató una y otra vez de hacerles entender que tenían que buscar allí, que había pasado algo muy grave, que temía que no llegarían a tiempo de salvar la vida de la persona que estaba encerrada dentro de la furgoneta blanca.

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