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Tengo que decir ya de entrada que lamento el tono alarmante de este texto, pero, dado el tema, no me queda más remedio. Prefiero que algunos me traten de paranoica o de histérica, prefiero ser objeto de burlas antes que permanecer inactiva y permitir que la situación a la que me refiero siga pasando desapercibida. La rutina es la peor enemiga del apercibimiento.

Se habla mucho de la repercusión de la tenencia de armas en el número de actos violentos que se cometen. Cada vez que un estudiante suspendido, un trabajador despedido, un cliente mal tratado, un amante despechado perpetra una masacre con un arma que durante años esperó paciente en un cajón o en el altillo de un armario ropero nos llevamos las manos a la cabeza y pedimos que se regule de forma más estricta la posesión de armas porque son un peligro latente.

Sin embargo, no somos conscientes de que en nuestra vida cotidiana estamos rodeados de gente armada:

Carniceros, dueños de enormes cuchillos y sierras que cortan en dos el espinazo de una res y que disponen, además, de habitaciones alicatadas en las que borran todo rastro de un manguerazo y visten batas y delantales en los que las manchas de sangre son normales.

Lo mismo vale para los pescaderos. Mención aparte merecen los cuchillos de los cada vez más numerosos pescaderos japoneses. Médicos y enfermeras. No sólo las armas que empuñan los cirujanos son mortales. Una jeringuilla, también.

Impresores.

¿O acaso una guillotina es algo que se pueda tomar a risa? Sastres y modistas. Incluso los más modestos, los que en los grandes almacenes se dedican a acortar bajos de pantalones, van armados de tijeras y alfileres. Peluqueros, que además de tijeras y navajas, cuentan con nuestra incauta disposición cuando echamos la cabeza hacia atrás para que nos laven el pelo y exponemos la garganta, palpitante y tentadora, a sus ojos.

Y para dejar el ámbito de las armas blancas, en el que también entrarían, por ejemplo, los camareros y los cocineros, querría llamarles la atención sobre un arma peligrosísima que patrulla por nuestras ciudades para la capa del servicio público, de la higiene: el camión de la basura. Armado de una prensa capaz de aplastar en segundos el contenido completo de un contenedor,

¿cuánto creen que necesitaría para dar cuenta de un cuerpo humano?

Veo por sus expresiones de asombro y horror que me están entendiendo. Soy consciente también de que necesitan tiempo para asimilar cuanto les he revelado. Por eso creo que es mejor dejarlo aquí. Ya les hablaré otro día de las armas de fuego y los venenos que nos rodean.

Mientras tanto, sólo me queda decirles: tengan cuidado ahí afuera.

4 Comentarios

  • Jésvel Enviado el 9 junio, 2012 11:29 am

    Salió mi comentario duplicado, borro uno y… ¡se borran los dos! (no sé si dejar que el pánico me invada…)

    En fin… decía en el comentario que se borró que este momento de pánico da mucho miedo. Eso sí, un miedo convencional… que seguramente tiene mucho menos peligro…

    • rosaribas2 Enviado el 9 junio, 2012 11:36 am

      Gracias por no permitir que el pánico se apoderara de ti y haber dejado el comentario.
      Me quedo pensando en tu última frase.

  • zoquete Enviado el 16 junio, 2012 8:58 pm

    "Ya les hablaré otro día de las armas de fuego y los venenos que nos rodean."

    Sí, por favor, y algún otro día también sobre las armas que llevamos de serie: manos, dientes, piernas.

    Realmente angustiante lo que has escrito.

    • rosaribas2 Enviado el 17 junio, 2012 7:58 am

      Las últimas que citas serán las más difíciles de escribir.

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