Foto: luisrock62

Del mismo modo en que estamos convencidos de que nuestro momento histórico es la cúspide a la que apuntaban las décadas anteriores, creemos que nuestro grado de desarrollo como especie es el grado definitivo de la evolución, aunque la evolución sea más lenta que la historia. En ambos casos nos equivocamos.

Por lo que respecta a nuestra especie, le queda mucho por hacer, como podemos constatar si prestamos atención a todos nuestros defectos. Estos se manifiestan de manera constante, pero nuestra arrogante convicción de ser animales perfectamente evolucionados nos impide verlos como tales. Les citaré sólo un par de ejemplos, triviales, lo sé bien, pero abrumadores. No me refiero al apéndice, un resto innegable de otra etapa evolutiva, sino a los dolores que nos atenazan a todos: lumbagos, ciáticas, dolores cervicales y articulatorios. Todos estos dolores tienen como causa la evolución insuficiente de nuestro aparato locomotor.

En pocas palabras: estamos mal hechos.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque voy a ser un tucán.

Voy a ser un tucán en mi próxima vida. Lo sé con absoluta certeza. Una certeza que me llegó como suelen llegar las revelaciones transcendentes, de golpe y en un sitio inesperado. Las revelaciones nunca llegan, como muchos creen, en lugares recogidos y recónditos, en retiros espirituales. Las revelaciones no acuden cuando se las invoca; vienen cuando quieren y donde quieren.

A mí me alcanzó en el autobús. Empecé a notarla mientras metía la tarjeta en la ranura de la validadora y me causó una parálisis momentánea de la que me sacó el chasquido impaciente de la lengua de la pasajera que subió detrás de mí. Mientras me dirigía con pasos vacilantes a un asiento libre, notaba en la espalda un calor que me subía de los riñones a la nuca, que se extendió por los hombros y los brazos hasta que me ardieron las manos. Me senté. Durante el trayecto ignoré las voces, los sonidos de los móviles, los olores, las sacudidas del vehículo, los pitos de los coches al otro lado de la ventanilla. La revelación había tomado posesión de mí. Clara, contundente, definitiva: en mi próxima vida voy a ser un tucán.

¿Un tucán? ¿Por qué precisamente yo tengo que ser un tucán? Otra característica de las revelaciones, es que no admiten discusión. Además, ¿a quién puede ir alguien a quejarse? Así que ni quejas ni lamentos. Lo mejor es prepararse.

Volviendo a lo que les decía al principio. No sólo nosotros, también los otros animales están mal hechos. Los elefantes no pueden saltar, los caballos no vomitan, las tortugas no son capaces de voltearse si caen sobre el caparazón, a los leopardos les duelen las patas después de una carrera demasiado larga y muchos pájaros mueren de ataques al corazón después de un susto. Pero a mí la rencarnación me encontrará preparada. ¿Cuáles pueden ser los problemas de un tucán? Está claro, ¿no? Desde la revelación entreno regularmente las cervicales. Porque una cosa está clara, si voy a ser un tucán tendré que cuidarme las cervicales.

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