Foto: dieraecherin

¿Saben lo que hago cuando siento que no se me trata como me merezco? Me organizo un encuentro privado de antiguos compañeros de clase. Busco en internet qué ha sido de ellos y cuando el espejo mágico me deja claro que sigo siendo el que llegó más lejos, me quedo tranquilo y en paz con el mundo.

Es mi terapia personal contra todo tipo de frustraciones. Las del trabajo, cuando uno de mis proyectos no prospera, cuando alguien se me adelanta o no se me reconocen los méritos. En casa, cuando mi mujer se queja porque no tenemos suficiente servicio y le tengo que decir que no nos lo podemos permitir; o si los niños me cuentan que algún compañero de clase no los ha invitado a su fiesta de cumpleaños, a la que sí asistían los hijos de algún famoso. Y aunque trate de hacerles entender que esos críos no han sido invitados por quiénes son ellos sino por quiénes son sus padres, me reconcome que esos niñatos no reconozcan de quién son hijos mis niños y los consideren menos interesantes que a los de cualquier musiquillo o actorzuelo.

También organizo encuentros de clase virtuales cuando en un hotel no me tratan como es debido o si en una cena el camarero atiende a otros con mayor deferencia. En todos estos casos no dejo traslucir la menor emoción, soy muy consciente de que mi entorno lo interpretaría como una señal de debilidad. No, me muestro indiferente, insensible a los alfilerazos que sé bien que son fruto de la envidia social, reprochable, ciertamente, pero halagadora.

Pero después, en un momento de tranquilidad, remedio la afrenta buscando en la red qué hacen y dónde están mis antiguos compañeros de clase. El ordenador me responde indefectiblemente que todos están por debajo, que soy el que ha llegado más alto de todos. Con una sonrisa en los labios, apago mi espejo mágico y por la noche duermo con la placidez de un bebe ahíto.

Así fue siempre hasta hace tres días. Entonces el espejo me dijo que había otro mejor que yo.

Lo vi sonriente en una foto de prensa que anunciaba su nombramiento para un alto cargo del Gobierno. ¡Qué traje! ¡Qué gente lo acompañaba! ¡Qué mirada de triunfador! Conserva, además, su densa cabellera a la que las canas le han otorgado una prestancia que no tenía en su juventud. Llevo tres noches sin dormir, consumiéndome en el ácido de la conciencia de mi propia mediocridad. Soy el segundo.

El segundo es el primer perdedor. Llevo tres días sin dormir, pero cada noche de insomnio me ha dado mayor lucidez. Mañana recibirá una visita de un amable excompañero que le llevará una manzana.

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