Foto: jppi

Dentro de unas semanas tengo que salir para un largo viaje. Volveré, por supuesto. Pero, ¿y si no volviera? Aunque vivo en el barrio desde hace más de diez años, me pregunto, si no regresara, ¿alguien se daría cuenta? Si me secuestraran, o me comiera un cocodrilo, o me arrastra la corriente traicionera de un río, o me diera un golpe y acabara deambulando sin memoria por las calles de una ciudad desconocida en un país cuya lengua no comprendo.

No quiero alarmarme, pero he tomado mis precauciones. Desde que sé que voy a emprender el viaje compro cada día la lotería en la misma administración. Siempre pido un número que acabe en ocho y le repito el mismo chiste a la vendedora: “con esto y un bizcocho…”. Ayer, al verme entrar, ya me hizo el chiste ella cuando me entregó el número.

También, aunque no fumo, compro cada día una cajetilla de una marca cara y rara en el estanco y pido que lleve lo de “fumar mata”. Porque es más clásico, le digo al estanquero. Desde hace un par de días me la tiene preparada.

Al del quiosco le repito cada vez que no sé cómo puede meter todo el género que tiene expuesto en la calle en una caseta tan pequeña y añado, después de haberlo pagado, que los periódicos no cuentan más que trolas. No digo “mentiras”, digo “trolas”. Después me tomo un cortadito con poca leche. Lo tomo de pie y siempre en el mismo lugar de la barra. Algunos parroquianos ya me dejan el sitio libre cuando aparezco porque, además, les regalo el periódico diciendo que total para lo que hay que leer.

Camino del metro alabo a la señora jubilada que recoge con esmero las heces de su perro y le rio la última gracia del chucho asmático y paticorto.

Así, si falto, si me atropella un camión al que le fallaron los frenos y paso semanas en coma en un hospital extranjero, donde me despierto tal vez con un riñón menos, o me pierdo en una gruta subterránea, o un alud me sepulta, o quedo atrapado sin papeles en una frontera entre países en guerra, alguien me echará de menos.

Alguien se preguntará ¿dónde está el hombre que siempre compraba un cupón terminado en ocho, que fumaba cada día una cajetilla de ese tabaco tan exótico y que tenía tanto sentido del humor aunque leía todos los días la prensa, a quien le gustaba el cortado fuerte y era tan amable que regalaba el periódico y le daba conversación a la jubilada?

Me echarán de menos.

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