Foto: jdurham

–Tú eres la única de todos mis nietos que es digna de llevar mi apellido, tú eres la única Ortega de todos. Le dijo una tarde su abuelo y la llenó de orgullo con esta frase. Tendría entonces unos trece años. La única. Ni sus dos hermanos, ni los primos. Ni Ernesto, el hijo de su tía Laura, la hermana mayor de su madre. No era Ernesto, tan estudioso, tan guapo…

Ni Luisa y Gerardo, los hijos de su tío Santi, el hermano pequeño, de quienes todo el mundo afirmaba que eran tan buenos, tan simpáticos, tan cariñosos. Pero, sobre todo, no eran sus dos hermanos, ni Carlota, la mayor, ni Eduardo, el pequeño. Ninguno de los dos hermanos entre los cuales había quedado encajonada; ella, la hermana mediana, la hermana “sándwich”.

El abuelo la había escogido a ella como la única heredera digna de su estirpe.

¿Y qué significaba eso? Se dijo que tenía que averiguarlo para poder hacerse cargo del legado que acaba de recibir de la manera más digna. Empezó a observar a su abuelo sin que él se diera cuenta, tomaba nota de lo que hacía y decía, de cómo se comportaba con las personas, de cómo trataba las cosas. Dos meses después había descubierto que su herencia era una mezcla de egocentrismo, inflexibilidad, irremediable insatisfacción, malévolo sentido del humor y absoluta falta de generosidad.

–Mamá, ¿es verdad que me parezco al abuelo? Su madre ignoraba los efectos devastadores de las palabras que estaba a punto de pronunciar, pero creía saber lo que su hija quería escuchar, de modo que, aunque no lo creyera, le contestó:

–Claro. Eres la más Ortega de la familia. Antes de que el peso de la genética cayera sobre ella y la convirtiera en un ser tan egoísta como había descubierto que era su abuelo, en un alarde de desesperada y magnánima grandeza, decidió que no se reproduciría, que no tendría hijos.

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