Foto: alvimann

El miedo anormal a mirarse los espejos se denomina catoptrofobia, me dice. Le pregunto entonces si existe un miedo normal a mirarse en los espejos. Me mira condescendiente y me dice que estoy tratando de desviar la atención del problema. Le respondo que dándome el nombre técnico, más bien absurdo y por completo inútil de la fobia, está desviando la atención del hecho de que no tienen idea de lo que me ocurre, ya no tan sólo del por qué sino también del cómo tratarlo, para mí es aún más importante.

Me dice que la causa es en este momento mucho más relevante y me pregunta por qué me empeño en presentarla como si fuera irrelevante. Le respondo que la causa está perdida en algún punto del pasado y que lo que en estos momentos necesito con urgencia es dejar de tener miedo a pasar por delante de un espejo. Y los espejos, están en todas partes, es imposible evitarlos. Los hay en muchas tiendas, en los bares y cafeterías, en los lavabos de cualquier establecimiento… Y después están las superficies reflectantes le digo, que nos acechan por todas partes.

¿Cuáles? Pregunta.

¿Cuáles? Repito la pregunta porque me desconcierta tal grado de inocencia. ¿Cuáles?

Pues la luna de un escaparate, la ventanilla de un coche, las gafas de sol de una persona con la que nos cruzamos por la calle, una cuchara sopera, un charco en el suelo, la pantalla apagada de un ordenador… No me deja continuar la enumeración, cambia de tema.

Empieza entonces a hablarme de los problemas de autoestima, intenta hacerme saber que el rechazo hacia la propia imagen puede deberse precisamente a un rechazo de uno mismo, enumera posibles razones sin hacer caso de que, ante cada una de ellas, muevo la cabeza negando. No es eso; eso tampoco; esto no me sucedió nunca… No me cree.

Empieza un nuevo discurso en el que se refiere a la necesidad de restablecer la confianza en uno mismo. Le digo, sin poder ocultar cierto enojo, que tal vez acabe perdiendo la confianza en mí mismo si continúa ignorando lo que quiero hacerle entender. Cambia entonces la estrategia, adopta un tono algo paternal, y me habla como si fuera un ser delicado al que hay que tratar con sumo cuidado. Me imagino que es su estrategia para tratar de elevar esa autoestima baja que está empeñado en hacer la causa de mi problema.

Me estoy empezando a cansar, lo interrumpo. Me mira desconcertado. Le digo que no se trata de eso, que no tengo miedo a mirarme en el espejo, a verme a mí mismo en el espejo, que creo que eso incluso me gustaría, si no fuera porque cada vez que me miro en el espejo, está el otro también allí, siempre a mi derecha, siempre unos centímetros detrás de mí, siempre mirando también al espejo. Está siempre ahí y no sé quién es.

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