Foto: alviman

Hace por lo menos cuatro, si no tres, personas que no debería estar aquí. Después de que los indiscutiblemente fuertes y ágiles abandonaran la línea que se va disolviendo a golpes de “tú”, “tú”, “tú”, tendría que haber sonado mi nombre. Pero sigo aquí.

Dos más. Mediocres, pero sólidos.

¿Y ahora?

Las dos chicas. Una tras otra. Una para cada lado.

El flaco es rápido. Claro.

¿Ahora?

No. El que sigue es el cuatro ojos, el listo. Se estaba limpiando las gafas con la punta de la camiseta.

El grandote pero patizambo es el siguiente. Hace bulto.

¿Y mi nombre?

Acaban de llevarse al retaco. A la izquierda.

¡No puede ser! Ahora el gordo. A la derecha.

¡El torpe! ¡El torpísimo! Izquierda.

¡Y el cegato! El de gafas de culo de botella.

Para la izquierda toman al idiota, al que no entiende ni las reglas.

Se separa de mi lado el culón paticorto.

Sólo quedo yo. No necesitan decir mi nombre. Mejor, no quiero oírlo.

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