Foto: Alvimann

Que conste, para empezar, que no creía en los fantasmas hasta que conocí a uno, el fantasma del señor Marcel Bich, con quien, si bien se me apareció con ánimo, si no de matarme, por lo menos de reventarme el tímpano, he acabado trabando una buena amistad.

Y es precisamente en nombre de tal amistad por la que ahora me tomo la libertad de escribir estas líneas. Mi fin no es otro que mitigar el dolor que padece mi buen amigo por el mal uso que se hace de su creación más querida y, no menos importante, también salvar a alguno de los lectores de este texto de males mayores.

Permítanme un pequeño excurso. Marcel Bich era de origen italiano (nació en Turín en 1914), pero se nacionalizó francés, un dato irrelevante para la historia pero que sé que a él le gusta que se mencione en sus biografías. Más relevante es saber que Marcel Bich fue inventor, creador de plumas estilográficas. En la guerra, la segunda, lo impresionó el útil de escritura inventado por el húngaro László Biró, así que en 1951 le compró la patente. Marcel Bich, tuvo la visión de hacerlo más ligero, darle un tubo trasparente y, ahí su golpe de genio, hacerlo desechable. Así nació su producto más querido, el bolígrafo BIC.

Y, como pasa con los hijos, ningún padre puede soportar sin más, ver que alguien maltrata a sus criaturas. De ahí el dolor que experimentó en vida y que aún después de la muerte en 1994 atormenta su espíritu y ha hecho de su fantasma un espectro vengativo. Porque el bolígrafo BIC nació para escribir y no para los usos espurios que le dan muchas personas y que no puedo anotar sin repugnancia:

  • Limpiarse las orejas con el capuchón de plástico. Sin palabras.
  • Usarlo como mondadientes. Sin palabras, con más razón aún.
  • Mordisquear el tubo. ¿Para qué están los lápices, señores?
  • Usar el tubo como una cerbatana para bombardear a la gente con granos de arroz.
  • Usar el tubo transparente del Bic Cristal para meter las chuletas en los exámenes.
  • Usar el tubo para sostener el esqueje de alguna plantita. Delito menor, sólo aceptable su se trata de un boli gastado. Tomen nota, por favor.
  • Usar la tapa para sujetar un pelo largo en cuya otra punta se ha atado a una mosca para ver como vuela dando vueltas mientras se escribe. No, queridos niños, no es divertido; ni para la mosca ni para Marcel Bich.

Les advierto, porque el señor Bich amenaza con reventar oídos, hacer saltar dientes, soplar por el otro lado para producir atragantamientos, chivarse al profesor que vigila el examen y otras venganzas. Sólo quiero recordar los casos de dolorosos calambres que castigaron a los que en los ochenta maltrataron los bolis para dar vueltas a los casetes. Las autoridades trataron de quitarle importancia, pero las hemerotecas no mienten.

Es difícil mitigar todo el dolor que la ignorancia y la falta de respeto por su querido producto causan a este noble fantasma. Yo, por mi parte, ya he puesto mi granito de arena: esta entrada no la he redactado a lápiz, sino con un bolígrafo. BIC Naranja, para más señas.

¡Va por ti, amigo Marcel!

Y usted, señora, ¡sáquese de inmediato el capuchón de la oreja! Bich la está viendo.

1 Comentario

  • Marta Kapustin Enviado el 27 noviembre, 2013 8:13 pm

    Divino texto!
    Los usos espurios son los que más me gustan. ¿Tendré que consultar a un analista?

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