Foto: JulesinKY

Por fin en casa. Por fin sola.

Adiós compañeros de trabajo, adiós clientes, adiós jefe. Sin atascos, sin bocinas, sin motoristas suicidas, sin peatones impertinentes.
Atrás quedan las aglomeraciones en las tiendas, los clientes agresivos, los codazos, los empellones y las cajeras histéricas. Por fin se puede quitar los zapatos, se da una ducha y se pone ropa cómoda. Después abre una botella de vino y se sirve una copa. Va al salón, elige la música y pone el CD. No encuentra el mando a distancia. No le importa, ajusta el sonido.

Enciende unas velas y apaga las luces. Se tumba en el sofá, se cubre las piernas con una mantita y se pone los auriculares. Cerrar los ojos, por fin.
La copa está a la derecha, la coge, toma un sorbo y la devuelve a la mesita sin abrir los ojos. El mundo exterior no existe. Sólo el sabor del vino en la boca, el calor de la manta en los pies y la música en los oídos. Los ojos cerrados.

Calor, vino y música. Sobre todo música. Una música que ha cesado de pronto. Alguien ha apagado el equipo con el mando a distancia. No sabe si abrir los ojos.

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