Foto: alvimann

Un lindo gatito.

Es cierto, es cierto. He visto un lindo gatito. En la casa de enfrente. Está mirando a la calle detrás del cristal del balcón cerrado. Parece algo gordo, como tantos gatos caseros que no pisan la calle. La cortina le cae sobre el lomo, negro, como el del gato Silvestre. Observa los movimientos de la calle hasta que me descubre sentada en el balcón. Llamo su atención balanceándome en la silla. Me sigue con la cabeza. Los dos estamos aburridos.

Yo, por lo menos; lo del gato es pura proyección. Me figuro lanzándole un cordelito al que hubiera atado cualquier objeto y me imagino los movimientos agradecidos del gato, los ojos fijos, muy abiertos, la tensión de las patas traseras ancladas en el suelo, el temblor en el nacimiento de la cola antes de saltar, los zarpazos veloces de las delanteras, las uñas saliendo de las almohadillas en el momento justo para atrapar el cordel. Lo caza y empieza a mordisquearlo, mientras tiro de él para que el objeto finja estar vivo y el gato se divierta con la presa. Así sería si no nos separara una calle.

Detengo el balanceo. El gato me mira sentada en mi silla plegable, aburrida. Se ha dado cuenta de que estoy aburrida porque ahora es él el que empieza a moverse para captar mi atención.
Unos pasos de derecha a izquierda delante del cristal. Lo sigo. Cambia de dirección. Lo sigo. Una vez más. Ahora está seguro de que tengo la mirada clavada en él. Empieza el show. Se da la vuelta y trepa por la cortina hasta llegar a la barra. La tela resiste el embate de sus uñas a la subida, pero cuando intenta bajar sin darse la vuelta, rasga un trozo del que empiezan a pender varios hilos. Estos son el próximo objetivo. El gato me mira para cerciorarse de que sigo atenta e inicia una lucha denodada contra cada uno de ellos, de los que tira con tal habilidad que el agujero ya se ha convertido en un desgarrón. Se cuelga de la cortina y se columpia mientras sigue rasgándola. De vez en cuando se vuelve a mirarme para estar seguro de que sigo atenta al espectáculo. Y lo estoy, pero no lo disfruto y no sé cómo hacérselo entender, cómo pedirle que pare, que no siga destrozando esa cortina, que no era necesario, que ya está bien. Veo a su dueña doblar la esquina cargada con la compra. En menos de diez minutos entrará en el edificio, subirá a su piso, abrirá la puerta y encontrará al gato enzarzado en la batalla contra la cortina que ha entablado sólo para distraerme. Lo castigarán, le pegarán, a saber si no llegarán más lejos.

Me meto en casa y corro mis cortinas. El gato, a punto de rematar la faena, se queda colgado de la tela buscándome. Al no verme, se deja caer pesadamente. No tiene público y ya no se divierte. Vuelve a sentarse entre el cristal y la cortina que ahora pende deshilachada sobe su lomo.

Lo espío procurando que nada me delate detrás de la tela. Él sigue buscando en mi dirección hasta que se harta de esperar. Poco después vuelve la cabeza hacia el interior de la casa. La dueña acaba de entrar. No tengo valor para seguir mirando por si llegara a atisbar lo que va a suceder ahí. Tampoco para ir hasta la casa de enfrente y explicarle que en el fondo, la culpa es mía. A ver cómo se lo aclaro.

Bien pensado. No es mi culpa. Los gatos son así. Egoístas.

4 Comentarios

  • Anna Maria Villalonga Enviado el 20 febrero, 2014 11:58 am

    Gràcies, Rosa. M'ha encantat.
    Però, sí, així som els humans. Primer compromets al pobre gat, fas que et distregui de la manera que sap i pot i després el deixes sol davant del perill. En qualsevol cas, puc gairebé assegurar que la seva mestressa ho acceptarà amb resignació. Ja se sap.
    Aquests humans!

    • rosaribas2 Enviado el 23 febrero, 2014 11:48 am

      Moltes gràcies!

  • L. Navarro Enviado el 24 marzo, 2014 2:29 pm

    Yo soy dueña de unas cortinas así. No llegan a estar deshilachadas, pero sí adornadas por desgarros verticales que el Champiñón ha ido dejando…Y ha ido creciendo…Y cuando decidí cambiar las cortinas, apareció mi hijo Javier con Larache, una gata negra con 13 días de existencia… Anduvimos de de dimes y diretes…En tanto, Larache, casi se nos muere de una hepatitis…Sobrevive, resuelta y pizpireta…y vuelven los juegos en la cortina…He decidido recoser y esperar a que se haga una "mujer" y pueda, de una vez por todas, cambiar las cortinas.

    • rosaribas2 Enviado el 25 marzo, 2014 10:08 am

      Lo entiendo perfectamente. Es mejor pensar que se tiene unas originales cortinas de flecos.

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