Foto: alvimann

Hoy que estoy de especial malhumor les voy a revelar una de las armas más destructivas que conozco. Sé que hacerlo es un acto de pura inconsciencia y de odio a todo congénere, pero un enojo irrefrenable me obliga a ello.

A ustedes nadie los obliga a seguir leyendo, a no ser que quieran conocer también este instrumento de desolación anímica. A partir de la siguiente frase es, pues, su decisión. ¿En qué consiste este mecanismo de destrucción? Muy simple: se trata de atacar en lo más hondo, allí donde se guarda las piezas más íntimas y sagradas, aquello que, según investigaciones neurológicas recordamos incluso cuando la demencia ha convertido nuestro cerebro en un agujero rodeado de algunas hilachas de neuronas: la música que realmente amamos. Puede ser una melodía infantil, puede ser una sinfonía; puede ser la canción con la que nos enamoramos, la sintonía de una serie de televisión que adorábamos en la infancia, la primera pieza que logramos tocar al piano, la canción que creemos que dice lo que no sabemos decir y tanto nos gustaría, la balada con el solo inigualable, un aria barroca…

Todo el mundo guarda para sí un par de estas piezas. Y las custodia para que nadie las contamine. La música que amamos es parte de nosotros. “Uno es según la música que haya escuchado”, dijo el músico Francisco de Salinas en el siglo XVI. Por eso no hay atentado más pérfido y alevoso contra la esencia de una persona que aquel que se comete contra su música.
Llego, pues, por fin, al arma de destrucción prometida. Procedan del modo siguiente: averigüen cuál es la música del alma de la persona a la que quieren dañar. Una vez la tengan, pónganle texto, cuanto más ridículo mejor.

El poder destructor de un texto bien encajado en la melodía no tiene medida, la corroe sin posibilidad de freno, porque una vez texto y melodía se hermanan, la propia melodía se encargará de impedir que se olvide. No tengan límites en la ignominia: pongan un texto que hable de fútbol, de paella, de vino con gaseosa, de flatulencias de todo calibre. Todo vale si queda para siempre pegado a la melodía que su enemigo llevaba grabada en su interior, la que lo hacía vibrar, la inefable.

Ahora ya lo saben.

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