Foto: alvimann

Siempre he escrito a mano y a lápiz. Me gusta el sonido de grafito raspando el papel; me gusta sacarle punta a los lápices, afilarlos y consumirlos a la vez; me gusta limpiar el texto, poder borrar las imperfecciones. Pero hace unos días un amigo me llamó la atención sobre el hecho de que, al estar escritos a lápiz, era muy fácil eliminar el contenido de mis cuadernos. Le repliqué, y creo que con razón, que quién querría hacer algo así. Me respondió, con una sonrisa que me
pareció  algo suficiente, que todos tenemos enemigos y que a veces estos se esconden donde menos los imaginamos.

Me pareció un comentario absurdamente malicioso, pero, sin embargo, dejó un poso de inquietud. ¿Y si sucedía? No era necesario un enemigo, bastaba el mero paso del tiempo. ¿Cuánto dura el grafito sobre el papel?
Decidí pasarme al bolígrafo. Cogí uno que tenía sobre la mesa, uno azul. Creo que ese fue mi gran error. Continué el texto que había empezado a lápiz en la página de la izquierda del cuaderno y, justo cuando llegaba al final de la siguiente, percibí por el rabillo del ojo un movimiento en el margen superior izquierdo. Terminé de escribir la frase, pero no me dio tiempo a poner el punto porque mi atención se volvió a desviar a la izquierda, donde se repitió el movimiento. Miré en esa dirección y vi que los trazos negros del grafito se rompían y separaban. Las letras, tanto mayúsculas como minúsculas, las comas, los puntos, las tildes, los signos de interrogación, incluso dos cifras que había dejado por pereza de escribir números se descompusieron formando pequeños borrones que, con gran rapidez,  se reagruparon formando cuerpecillos de tres segmentos a los que les brotaron seis patitas y unas antenas en ángulo.
Mientras contemplaba la aparición de las hormigas negras en la página de la izquierda, lo mismo sucedía con la página de la derecha, que en pocos segundos
se llenó de hormigas azules, cuyas antenas se levantaban desafiantes hacia las negras. Una de estas últimas, creo que antes había sido una palabra esdrújula,
se puso al frente y las hormigas negras marcharon sin vacilación contra las azules. Sólo una línea de las azules se quedó a hacerles frente. Eran muchas
menos y emprendieron la retirada hacia las páginas vacías del cuaderno mientras las ya escritas se abombaban por la presión de todas las hormigas negras que querían salir para dar caza a las intrusas azules.
Lograron rasgar la página, y una marea oscura que desfiló ante mis ojos para desaparecer entre las páginas blancas, que se movieron y agitaron sin que lograra reunir el valor para ser testigo de una persecución tan desigual como encarnizada. Dejé el cuaderno sobre la mesa y me retiré cobardemente a la cocina. Me tomé un café y regresé. El texto escrito a lápiz volvía a estar donde lo recordaba. En el lugar del texto escrito con tinta había sólo una gran mancha azul. Faltaban también algunas, pocas, palabras escritas a lápiz. También eché de menos algunos acentos y letras
sueltas. Las guerras dejan siempre heridos y mutilados. Pasé la página. Cogí el lápiz, lo afilé y traté de reescribir el texto perdido. No sé si lo logré.

2 Comentarios

  • L. Navarro Enviado el 24 marzo, 2014 2:22 pm

    Rosa, una autora, me encantaba, ya desaparecida…qué palabro!, me dijo una vez que siempre escribía con lápiz y sentada en una mecedora. Hace muchos años. La imagen de Consuelo Armijo jamás se ha borrado. De la mano de sus batautos y rodeada de los ratones de Leo Lionni, inicié, allá por 1979?, la maravillosa caminata por la Literatura Infantil…
    Un beso, preciosa. Deseando verte L.Navarro .

    • rosaribas2 Enviado el 25 marzo, 2014 10:10 am

      ¡Qué imagen más hermosa!
      Espero que nos veamos pronto. Si todo va bien en mayo.
      Besos.

Añadir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*