Una vez mi hermano se propuso arreglar una habitación de su piso. No la usaba más que como trastero, pero se dijo que, si la adecentaba, podría ser un buen cuarto de invitados. En realidad, solo había que pintar las paredes, con eso hubiera bastado para que se viera bien. Pero, una vez, más le sobrevino el afán de perfección que, combinado con la impaciencia que en mi familia tenemos de nacimiento, ha frustrado más de un proyecto. No, una mano de pintura no bastaba. Arrancó los zócalos viejos para cambiarlos por otros nuevos y más nobles. Después, sacó la puerta de las bisagras para poder lijarla. Las capas de pintura superpuestas durante años la habían engordado tanto que costaba cerrarla. En realidad, mejor que lijarla, sería pasarle el soplete para hacerlas caer todas y llegar a la madera pura y desnuda que barnizaría con mimo antes de pintarla de nuevo con una mano fina de color.

El marco de la puerta también exigía el mismo tratamiento y le llamó la atención sobre su compañero en la ventana, mucho más maltratado por el uso y las inclemencias del tiempo. La ventana completa pedía, clamaba, una renovación a fondo. Los listones de madera que sostenían los tres cristales que la formaban estaban resquebrajados. La contraventana le mostró su rostro lastimero, surcado de grietas por las que se había colado el agua. Dentro no podían esperar más que el moho y la putrefacción. Una vez tomada conciencia de las necesidades de la ventana, se volvió hacia la habitación y la superficie de las paredes, solo interrumpida por el hueco de esa puerta que auguraba una ardua tarea, le pareció el doble de extensa que en su primera mirada. Los botes de pintura, en cambio, se veían disminuidos. Las asas de metal caían lacias y resignadas, como diciéndole que bueno, que si él quería, pues nada, que se ponían al momento, pero que lo veían difícil. Y es que, además, estaba el techo. Levantó la vista. Un rectángulo que no recordaba tan lejano y que obligado por la dilatación patente de las paredes, también había aumentado. Se sentó en el suelo, su único aliado, que no pedía más que una modesta escoba.

Pero, al que, ya que era amigo, tendría que proteger de manchas de pintura cubriéndolo con plástico, por lo menos con periódicos. Encendió un cigarrillo. Al terminarlo, salió de la habitación.
Tardó tres semanas en reunir suficiente ánimo para volver a colgar la puerta en su lugar, cerrarla y así dejar de ver esa habitación vacía, que había sido presa fácil de la constante expansión del universo. A veces se pregunta qué habrá sido de los botes de pintura y, con un punto de mala conciencia, desea que se los haya tragado un agujero negro.

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