Foto: dr_evil

Desde aquí queremos pedir disculpas. Fue culpa nuestra. Por reírnos y aplaudir. En parte, añaden algunos, y creen que por fraccionarlo el sentimiento de culpabilidad resulta más soportable.
¿Cómo podíamos imaginarlo? Ya me dirán qué padres no les ríen las gracias a sus niños, por más extravagantes que estas sean. Que lo reforzamos, dicen los psicólogos, que cada vez que nos reímos cuando el niño imitaba las voces de los anuncios al hablar, le dábamos un refuerzo positivo que quedó registrado en el centro de recompensas de sucerebro.

¡Pero es que sonaba tan gracioso! Que un niño de verdad, con voz de niño de verdad, empezara a remedar las de los niños de los anuncios, voces de adulto imitando las de los niños. Y no solo reproducía a la perfección el timbre forzadamente agudo, cercano a la histeria, sino también la forma de hablar, chillona y acelerada, arrastrada por el entusiasmo incansable de una exclamación de veinte segundos que se clava como un aguijón en los oídos. Con esa voz puntiaguda nos pedía el pan en la mesa, nos saludaba, nos contaba alguna anécdota y su padre y yo estallábamos en risas. El contraste entre su cuerpo desgarbado a punto de entrar en la adolescencia y esa vocecita nos causaba una hilaridad incontenible. Nos parecía tan gracioso que en algunas reuniones familiares le pedimos que hablara así.

Grave error, dice uno de los psicólogos, ya que le regalamos una atención desproporcionada. Las risas, los aplausos, las propinillas de los abuelos, la colleja cariñosa de su tío favorito, alimentaron su centro de recompensas en el cerebro. Nosotros pensábamos que solo estábamos aplaudiendo, pero parece ser que en realidad estábamos alentando la producción de dopamina y oxitocina, es decir que estábamos convirtiendo a nuestro hijo en una especie de adicto. Y por eso, cada vez hablaba más así. Incluso cuando le cambió la voz. Para entonces, ya era un yonqui.

En algún momento nos cansamos del chifle de su voz, una aguja que se nos metía por los oídos y se clavaba en los nervios con un dolor atenazante. Su padre apenas soportaba esa voz de falsete saliendo de su cuerpo de muchacho incipiente. En casa ya nadie le reía la gracia, todo lo contrario, empezamos a reñirlo, pero lejos de lograr que lo dejara, lo intensificó, amplió su repertorio con alegres gorjeos de bebé cuando algo le gustaba o pucheritos cuando lo reprendíamos. Como notó que no tenían efecto, empezó a buscar su dosis de risas y aplausos fuera. Pensamos que eso sería la solución, que las burlas que sin lugar a dudas cosecharía despertarían su sentido del ridículo de acabarían con ese vicio.

Un día nos llamaron de la escuela. La profesora nos recibió con una frialdad que no presagiaba nada bueno. Nos pidió que la acompañásemos al patio. La algarabía natural ocultó durante unos segundos las voces que provenían de una esquina, de un corrillo de chicos que estaban absortos jugando a los cromos. Con un gesto de la mano, la maestra nos invitó a acercarnos, lo hicimos despacio, temerosos. De pronto, mi marido se detuvo en seco y se tapó los oídos con las manos. Yo seguí avanzando hasta que descubrí la razón: todos los chicos hablaban con voces falsamente agudas, chillonas, exaltadas con ese leve punto neurótico de los anuncios. Todos habían cambiado sus voces por las de los niños falaces de los anuncios.
Salimos casi huyendo.

Castigamos al niño. Lo amenazamos con un internado. Lo metimos en el internado. Nada sirvió. El virus ya estaba desatado. Ahora caminamos por la calle con los nervios crispados, asaltados por las voces de chicos que hablan como los niños de los anuncios.

Lo sentimos mucho.Gracias a la escritora Mercedes Rosende por el impulso inicial de esta historia.

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