Imagen: FidlerJan

Soy una persona comprensiva con las debilidades del género humano. Por eso no se me escapa el humano afán sensaciones únicas y originales. En ello aprecio, aunque sea de forma difuminada, un rastro de nuestro deseo de trascendencia. Entiendo por lo tanto que tantos aspiren a ser los primeros en hacer algo, en poder ver, oler, tocar, saber algo antes que los demás y asombrarnos a nosotros mismos por ello.

Pero somos tantos también los que existimos o hemos existido que cada vez es más difícil alzarse con un primer puesto y, por eso, hemos empezado a crear nuevas categorías. Ya que no podemos ser la primera persona absoluta, nos conformamos con ser el primer español, la primera mujer, la primera ciega, el primer octogenario que. O la primera española octogenaria ciega que.

Tal vez resultaría un poco más fácil si la gente no tuviera la nefasta costumbre de contarlo todo, ya que siempre nos quedaría la opción de un asombro primigenio. Pero no. ¿Cómo se puede sentir algo único si todos los que lo experimentaron anteriormente no han sido capaces de privarse de describirlo con todo lujo de detalles? Ya lo han gastado todo, desde las profundidades del mar hasta los picos más altos; lo han sobado todo, la piel de los elefantes, los granos de arena del desierto, el hielo de los glaciares. No hay bosque, cueva, ciudad, museo en el que no se haya escuchado un ¡Oh! O un ¡Ah! antes que el mío.

Pero aun así, no dispuesta a permitir que me faltara mi momento de trascendencia, emprendí mi empresa personal, una escalada. Sería la primera mujer que ascendía a esa montaña sola y sin oxígeno. Fue duro, pero tras varias penosas jornadas alcancé la cima. Entonces la vi. La otra acababa de llegar también, había subido por el lado opuesto. Ella a mí no me vio porque estaba ocupada deshaciéndose de la pesada mochila. Como además resollaba ruidosamente, porque también había subido sin bombona de oxígeno, no percibió mis pasos al acercarme.

Llegué a su espalda cuando se erguía y se disponía a quitarse las gafas de sol para contemplar el panorama y, justo en el momento en que se disponía a asombrarse, le propiné un fuerte empujón. Cayó con un largo y lastimero ¡Aaaaaaaaaa! Es decir miedo y no admiración.

Miré su cuerpo al fondo del barranco, cerré los ojos, respiré hondo, levanté la cabeza, abrí los ojos, contemplé el panorama y me maravillé. ¡Ah!

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