Foto: d3designs

Una vez más busco la foto. Sé perfectamente dónde encontrarla, a pesar de que llevo tres años sin sacarla del álbum. Una larga espera, pero lo logré.

Me tiemblan un poco las manos al pasar las páginas, me tomo tiempo porque este intentante será irrepetible. Ahí está la imagen. La contemplo. ¡Qué satisfacción! Estamos todas.

Las quince alumnas de la clase en la foto de fin del curso de 1948. Yo aparezco en la segunda de las tres filas, pero no en el centro, sino la tercera por la derecha, una posición anodina. La de una alumna media de aspecto normal y de buen carácter, lo que es lo mismo que decir que nadie, pocos años después de esa foto, podía recordar nada especialmente interesante de mí. No tenía ni la brillante cabeza de Olga ni la chispa de Teresa ni la voz de Carmen ni la belleza de Azucena ni el valor de Pilar.

Mi vida posterior no ha tenido momentos brillantes como los de varias de ellas. Tampoco he experimentado devoradoras pasiones ni he padecido tremendas tragedias. No recuerdo grandes triunfos; tampoco estrepitosos fracasos. No he sentido locos amores ni odios cegadores.

Todas han vivido más que yo, dirían algunos. Mentira, digo yo. Porque están todas muertas. Hace una semana añadí la última esquela a mi colección, temí no verla. Catorce. Y estoy absolutamente convencida de que cualquiera de ellas cambiaría sus días intensos y rutilantes por uno solo de los días mediocres que yo aún tengo por delante. A fin de cuentas, vivir es sobrevivir.

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