Foto: Xenia

El miedo a labpropia insignificancia acosa a todos los seres. Tomar conciencia de ella suele ser una experiencia dolorosa. Tal aprehensión se puede dar al contemplar la inconmensurable grandeza del universo, la densidad de las urbes, la inabarcable altura de los grandes picos, la oscura profundidad de los mares. O cuando descubres cuál es el rango de las holoturias en la jerarquía de los seres vivos.

Sí, soy una holoturia. Quizás ustedes nos conozcan por el nombre más popular de “pepino de mar” y ya esto les ayudará a comprender mi situación, ningún ser que merezca la denominación de ‘pepino’ de lo que sea puede ser tomado en serio. Pepino de mar, pepino de tierra, pepino de roca, pepino de cielo, pepino de lo que ustedes quieran. Todo lo que viene detrás de la palabra ‘pepino’ está devaluado. Cuanto más lo leen, más gracioso suena hasta que llegan al ridículo.

Ridícula hasta el bochorno, así me vi yo de repente al tomar conciencia de mi poquedad en la escala. Representante de una clase, los equinodermos, ya de por sí de poco valor y encima, la última dentro de esta; muy por detrás de los erizos y, por supuesto, de las populares y admiradas estrellas de mar.
Fue un golpe de tal dureza que expulsé mis vísceras como si me persiguiera el más feroz de los depredadores. Y tengo que confesar que durante un tiempo me sentí como si me hubiera dado caza, caí en la tristeza, en la más profunda depresión, hasta el punto de que mis vísceras se regeneraban con tanta lentitud que casi morí. La verdad es que en ese momento no me hubiera importado. Maldecía en secreto vivir en el fondo marino y no poder hundirme más. Me faltaban incluso las fuerzas para nadar a simas más profundas.

Hasta que un día, mientras seguía sumida en ese estado de postración, se me acercó un tipo de aspecto gracioso. Era un pez sin escamas, traslúcido y con cuerpo anguiliforme.
Venía tan decidido, que casi se me metió en la boca.

–Perdone –dijo después chocar con uno de los tentáculos–. Lado equivocado.
Se marchó tranquilamente. ¿Lo había visto bien? Me pareció que tenía el ano en el mismo lado que la cabeza. ¡Qué grotesco! Pensé.
Al momento, noté un extraño cosquilleo en mi parte posterior. Tardé un rato en entender y, como no quería regocijarme antes de hora, se lo pregunté a una conocida.
–¿No lo sabías?
–Se extrañó.

Tuve que reconocer que no, que no tenía ni idea de que existen esos peces, los perleros, cuyo sentido en la vida es vivir en nuestras entrañas, que son nuestros comensales, que para ellos somos su refugio, su hogar, lo más grande, el mundo entero.

Sonreí con todos mis tentáculos.

Añadir comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*