Imagen: 5demayo

Tras revisar una vez más la lista, fue a comprar los ingredientes. Unos los consiguió en el mercado, recorriéndolo puesto a puesto, mirando y midiendo, probando y palpando, oyendo y escuchando, olisqueando y oliendo. Otros los busco en tiendecillas escondidas en rincones remotos del mapa de la ciudad. Al llegar a casa lo sacó todo de los envoltorios y observó críticamente una a una sus adquisiciones. A pesar de su concienzuda selección, se habían colado un par de piezas en mal estado. Las descartó. Solo después empezó a pelar, trocear, rallar, separar, cortar, desplumar, deshuesar, limpiar. Contempló con tanta satisfacción los ingredientes preparados y bien dispuestos en tablas, platos y cuencos como los desechos tirados sin miramiento en el cubo de la basura. Era el momento de mezclar, hervir, cocer, freír, saltear, hornear. Hasta que pudo verterlo, volcarlo, echarlo en los recipientes adecuados para servir. Los dispuso en una gran bandeja y los dejó en la mesa frente al comensal.

Después volvió a la cocina para quitarse el delantal, se refrescó la cara, se arregló un poco el pelo con los dedos y comprobó que la ropa estuviera en orden. Salió.

Todos los platos estaban vacíos. El comensal lo miró y le dijo ufano:
– ¡Buenísimo! Me lo he leído en dos bocados.

La escritora sonrió y lloró a la vez.

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