Imagen: cooee

Me despertó la sensación de un aliento cálido en la nuca y por unos segundos me pareció que en lugar de en una habitación de hotel, después de la entrega de un premio literario, me encontraba en casa. Pero noté enseguida que ese aliento era demasiado fuerte, demasiado cálido y, sobre todo, demasiado húmedo. Todo mi cuerpo se agarrotó cuando al soplo caliente se le unió un sonido mojado y circular. A pesar del miedo, me volví dispuesta enfrentarme al intruso. Allí estaba: una vaca

Me incorporé de un salto y me quedé con la espalda pegada a la cabecera de la cama. No podía apartar los ojos del animal que ocupaba buena parte de la habitación. No hace falta decir que la pregunta que recorría mi mente de derecha izquierda y de arriba abajo era “¿qué hace una vaca en mi habitación?” Y por lo visto la vaca la leyó en mi cara.

– Soy el fantasma de tus redacciones pasadas –explicó sin dejar de dar vueltas con la mandíbula.
– ¿Que qué eres?
– Soy la vaca de tu redacción de tercero de primaria.

Asentí como si estuviera entendiendo algo, pero es que tampoco se me ocurría nada que decir. La vaca, en cambio, todavía no había terminado.
– ¿No te acuerdas de mí? –No se me escapó el tono rencoroso de su pregunta.
– Sinceramente, no. Han pasado muchos años.
– Lo sé, a mí se me han hecho muy largos. Gracias a esta línea –la vaca entornó los ojos como los niños en el colegio cuando recitan los poemas que han aprendido de memoria–: “las vacas están rumiando constantemente la comida”. Suena a condena, ¿verdad?

¿Sabes los años que llevo rumiando, rumiando, rumiando…
– Bueno, es que yo no sabía… –Me daba algo de apuro usar una palabra de cierta grandilocuencia en ese contexto, pero no me quedaba más remedio –… yo no sabía que te estaba “creando”.
– Pues ya lo sabes. Y ahora, mírame la cabeza.
Lo hice. Con toda mi atención.
– ¿No ves nada?
Negué.
– No te extrañes si no ves nada. Porque ese es el problema, que no hay nada, que te olvidaste los cuernos.
– ¿Para qué quieres los cuernos?
La vaca puso los ojos en blanco y eso me bastó como respuesta. Iba a empezar una disculpa, pero en ese momento el animal empezó a hacer ruidos extraños, como si tuviera náuseas, vi que su pecho ancho y fuerte –por lo menos eso me quedó bien en la redacción– se convulsionaba y, de pronto, vomitó sobre la colcha una bola de papel. Coaccionada por su mirada feroz, cogí el papel y lo desplegué. Reconocí las rayas de los cuadernos de redacción, reconocí mi letra de alumna de primaria en el texto encabezado por el título “LA VACA”.
La vaca acercó su cabeza a la mía y me rumió en tono amenazador:
– Arréglalo. Quiero cuernos y dejar de masticar constantemente.
Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de mi habitación
– Pero… pero… ¡No puede estar ahora arreglando textos tan remotos!
– Pues prepárate, que mañana vendrá la madre que describiste en tu redacción para el día de la madre.
– Pero… si era un texto muy bonito sobre ella – repliqué –. Si hasta me dieron el primer premio.
La vaca volvió pesadamente su cabeza sin cuernos antes de abandonar la habitación.
– Eso se lo explicas a ella

3 Comentarios

  • Lourdes Lacalle Enviado el 23 septiembre, 2015 9:02 am

    Jeje, todos podríamos sentir empatía con este relato. A mi me ha traído a la memoria alguna "tara" del pasado que revolotea por ahí como una mosca pesada. Muy bueno, Rosa, gracias.

    • rosaribas2 Enviado el 23 septiembre, 2015 2:27 pm

      Muchas gracias. Espero que la mosca pesada no te persiga demasiado.

  • Marta Kapustin Enviado el 24 septiembre, 2015 1:53 pm

    Lo de la vaca viene sencillo, es como la niñez apretada en una frase. Pero lo de la madre en su día y las mentiras y lugares comunes de entonces, la vaca tiene razón: a ver de qué forma se resuelve tal entuerto

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