Si es el del abuelo a la abuela, el de la propia madre o el del padre, es seguir uniendo eslabones de una cadena.
Si es el de una actriz o un cantante venerados, una suerte de idolatría. Como cuando lo marcan la fecha y el santoral.

Si es el de otro hijo muerto es, sin discusión, una crueldad, un lastre para toda la vida. Mucho más que los nombres pretenciosos y ridículos, ya que pesan mucho más y de manera casi perenne las expectativas de los padres que las burlas más crueles que se pueda sufrir en la infancia por llevar el nombre Atlante siendo un niño enclenque o ser una niña torpe llamada Gracia o Venus. Transparentan los delirios de grandeza de los padres en los Zeus, Dánaes y Vanesas, las lecturas en las Emmas, los Edgardos, las Melibeas, las Julietas. Unos hablan de gustos musicales, otros de modas, otros simplemente sonaban bien. Pero detrás de todas las razones para dar un nombre determinado a los hijos hay una historia comprensible de gustos, recuerdos, homenajes, anhelos, expectativas. Algo parecido a un mensaje.

Yo no sé cuál es, qué han querido decirme al darme el nombre de la hermana de mi madre que murió en la infancia, a los seis años, antes incluso de que mi madre naciera, varios años después. ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué esperaban de mí? ¿Qué hay escondido detrás de mi nombre?

Imagen: ttronslien

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