La culpa la tuvo mi abuela. Mi abuela paterna y lo que ahora comprendo que era su particular sentido del humor. Negro, como su ropa de viuda. Una viuda demasiado joven para serlo y con demasiados hijos para volver a encontrar marido. Muchos hijos que le dieron aún más nietos.

De todos ellos yo soy el menor. Fui el juguete de mis hermanos y primos, pero sobre todo el de mi abuela. Mientras ellos hacían lo que se suele hacer con los más pequeños en la familia, es decir usarme de muñeco viviente, de recadero, de chivo expiatorio o de saco de boxeo, mi abuela puso todo su empeño en procurarme un territorio en el que pudiera sentirme fuerte y por eso se obsesionó en buscarme algún don particular. No cejó en ello ni cuando tuvo que reconocer que alguno de sus otros nietos cantaba, corría, escribía, bailaba, dibujaba… mejor que yo.

– Lo encontraremos –decía.
Con lo que fue convenciéndome de la necesidad de hacerlo. Fueron pasando los años. Ella fue perdiendo un poco la cabeza y empezó a ver gente. Gente de otros momentos de su vida que compartía las horas con ella, tan reales como éramos sus hijos y sus nietos.

Un día, yo ya tenía dieciséis años, se me acercó muy seria y me dijo:

– Ya sé lo que es. Yo lo tengo y tú lo tendrás si pones suficiente tesón.
– ¿Qué es, yaya?
– Yo veo muertos.

¿Quieres verlos tú también?
Claro que quería. ¿Qué adolescente no querría poseer algún poder que no sea de este mundo?

– Pues concéntrate en ello. Pide al universo que te conceda el don que te corresponde.

Pídelo con convicción. Pocas semanas más tarde sufrió una hemorragia cerebral que la dejó sin habla. Pero cada vez que yo pasaba un rato sentado a su lado, veía sus ojos que me decían “tienes que creer en ello”, “empéñate”. Lo hacía. Pedía, no sabía a quién, el don de ver muertos. Cuando ella falleció, el don seguía sin haberse revelado. Lo fui olvidando. Aun así, cada año, para Todos los Santos, cuando acudía al cementerio con mi familia, regresaba a casa repitiendo en voz baja “quiero ver muertos, quiero ver muertos”. Era mi pequeño homenaje a la abuela que creyó necesario hacer de mí algo más que un anodino nieto menor que trabaja de técnico de sonido para un grupo de pop. Y de repente, un día llegó el don. Si bien no cómo lo había imaginado, porque veo muertos, pero solo animales muertos.

No es divertido, créanme. Ahora mismo, mientras ustedes bailan en esta sala de conciertos, no recuerdan seguramente que fue un antiguo matadero de la ciudad, pero a su derecha y a su izquierda, señora, hay sendas cabezas de reses siguiendo el compás del bajo. ¿Nota su aliento? A vuestro lado, chicos, se deslizan arrastrados por una cadena un ristra de cuartos traseros de cerdos, agitando las colitas rizadas con la batería. A vuestros pies, ¿no los veis? los pollos descabezados danzan cogidos por las alas desplumadas. Las cabezas están alineadas en el borde del escenario mirando entre arrobadas e idiotizadas a la cantante. ¿Perciben un cosquilleo en la nuca? No. Ya les llegará. Las mitades de cordero están jugando con patas de conejo a rozar las cabezas del público. Se parten de risa, pero a mí no me hacen gracia. No es divertido, se lo aseguro.

Muchas gracias, yaya.

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