Contrariamente a lo que mucha gente suele pensar, la física nuclear deja mucho tiempo libre. Incluso cuando se trabaja, como es mi caso, en la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el CERN. ¿Qué hacemos los físicos en nuestro tiempo libre? Muchos de mis compañeros son grandes aficionados a la música. Bastantes, entre ellos mi marido, que es también físico, se apasionan por juegos como el ajedrez. No es mi caso, los últimos veinte años de mi vida los he dedicado a construir una máquina del tiempo. Entre experimento y experimento con el acelerador de partículas, yo iba montando mi máquina en lo que había sido el cuarto de juegos de mis hijos, ahora ya adultos y a punto de hacerme abuela por primera vez. Cuando la máquina ya estaba casi lista se la enseñé a mi marido. Él viene de una rama aplicada y enseguida se dio cuenta de un grave hándicap de mi construcción.

– Con la energía que acumula, sólo te alcanza para un viaje de ida y vuelta. La consecuencia era muy clara: tenía que pensar muy bien a qué momento del pasado quería viajar. Porque una cosa sí que tuve siempre clara, que viajaría al pasado. Nombres e imágenes llenaban mis días y noches: de ver pintar Leonardo a conocer a Marie Curie, de oler un dinosaurio a ver caer la cabeza de Luis XVI, de escuchar la voz de Rodolfo Valentino a presenciar un concierto de Vivaldi con las huérfanas del Ospedale della pietà. Las opciones me desbordaron y, por eso, tras varias semanas de cavilaciones, una vez tuve la máquina cargada por completo, acabé decidiéndome por ir a ver a mis padres. Los perdí a ambos en un accidente en 1970, cuando yo tenía quince años. Ese día habíamos tenido una pelea feroz, como sólo se pueden tener en la adolescencia. Me marché de casa dando un portazo. Cuando regresé por la noche, esperando encontrarlos todavía en pie de guerra pero preocupados por mi larga ausencia, me salió al encuentro mi tía para darme la noticia de su muerte.

No habían salido en mi busca. Esa certeza me permitió salir adelante. Tuvieron el accidente cuando volvían de visitar a unos amigos. Pero murieron disgustados conmigo, sin que se nos diera la oportunidad de reconciliarnos. Ahora podría. Así que ayer, lo preparé todo. Le pedí a mi marido que se ocupara de controlar la máquina mientras yo estaba fuera y programé la máquina al domingo 12 de julio de 1970 a las 15 horas.

– La vuelta tiene que ser dos horas más tarde –me dijo mi marido. La energía no da para más. Del viaje en sí no recuerdo nada porque me desvanecí. Pero, después de unas sacudidas que me ayudaron a recuperar el sentido, desperté, como había programado, en un descampado del barrio. Caminé algo tambaleante hasta la casa de mis padres. Toqué el timbre. Durante días había ensayado y pulido el discurso con el que tenía que hacer entender a mis padres quién era yo y cómo había logrado hacer tal extraordinario viaje para volver a verlos. Pero en cuanto mi padre con cuarenta y dos años me abrió la puerta, sufrí un ataque de tarzanismo que sólo me permitió balbucir:

– Soy yo… vuestra hija… del futuro… he hecho un viaje. Me miró entre divertido y fastidiado. Estaba despeinado. Conocía bien la imagen, lo había sacado de su siesta dominical. Por eso mismo, me cerró la puerta en las narices.

– ¿Quién es? –se oyó la voz de mi madre desde el interior.

– Una vieja loca que dice no sé qué de una hija y de un viaje.

– Estos de las sectas son cada días más pesados. Venga, vístete que llegaremos tarde.

– ¿Y la nena?

– Ya volverá cuando se le haya pasado. Ya sabes cómo es. Me alejé de la casa y me quedé sentada en un parque hasta que pasaron las dos largas horas y la máquina me recogió de nuevo al presente.

¡Maldito seas, H. G. Wells!

Imagen: Klaus Reichenberger

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