Los autores de ciencia ficción mienten. Mienten más que los poetas. Hace años que nos engañan escribiendo sobre la “rebelión de las máquinas”. Nos asustan, nos preparan, nos alertan porque un día, dicen, las máquinas se levantarán contra los humanos. Puede.
Pero llegarán tarde, porque antes ya habrá acabado con el género otra rebelión que se está fraguando desde mucho antes, desde el momento en que se inventó el aparador para guardar y exponer el ajuar. ¿Entienden de  qué les estoy hablando? De la rebelión de los objetos inútiles.
Está en el aire. Se nota el descontento, la rabia contenida, una vibración que hace tintinear los objetos contenidos en el aparador al pasar cerca.
Y un día estallarán. Las puertas y los cajones se abrirán de golpe y, comandados por una sopera de vientre estéril, las servilletas buenas de la abuela saltarán espiritadas y nos atarán las manos y los pies para que los platos de porcelana fina, llanos, hondos, de postre, para el pan, para la mantequilla, embistan nuestro cuerpo quebrándose como kamikazes después del golpe. Los tenedores y los cuchillos de plata, espoleados por el entrechocar convulsivo de las cucharas y cucharillas, convertirán nuestra espalda en la de un erizo. La salsera verterá toda su bilis en nuestra boca; las pinzas de coger azucarillos nos saltarán al cuello; rencorosos platillos de café nos buscarán los puntos más dolorosos en las pantorrillas y las tazas, enloquecidas en la espera, nos gritarán con sus cuerpos siempre vacíos hasta dejarnos sordos. Una fondue de hierro colado se encargará de rematarnos antes de que el mantel de hilo que bordó una tía abuela monja nos amortaje.
Estamos avisados.

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