Según estadísticas que, por razones obvias, no se hacen públicas, sucede una vez al año. Eso lo saben pocas personas, sólo aquellas para las cuales es importante estar al tanto de la situación, como es el caso de Gerardo, guardia de seguridad de la puerta de San Luis, el acceso peatonal al cementerio de Montjuïc.
Como en la vez anterior, hacía dos años, ya se había fijado en esa persona al verla entrar. Era un hombre de unos sesenta años, que llegó algo congestionado por el camino hecho a pie en plena solana de agosto. Por la ropa, la sonrisa algo boba y la forma de mirar, pensó que seguramente sería un turista norteamericano, pero como el hombre iba solo y no habló con él, no lo podía saber. Llevaba en la mano una de esas guías del cementerio, en las que se indica dónde encontrar a los muertos ilustres de la ciudad y los panteones y tumbas más espectaculares y Gerardo vio que era en inglés, y, si bien también podía tratarse de un turista británico o australiano o… decidió que era estadounidense.
El recinto acababa de cerrar cuando vio aparecer al americano al otro lado de la verja. Miraba a su alrededor con aire de desconcierto. Se acercó a la verja, tocó los barrotes y se quedó agarrado a ellos como un preso en la celda con la mirada perdida al frente.
Gerardo hizo como que no lo veía. No quería ser él quien le explicara a ese turista que estaba muerto, que se había muerto ahí adentro y que no se había dado cuenta porque a veces los turistas que se mueren de repente durante las vacaciones piensan que esa extraña ligereza repentina es fruto del descanso y de la relajación. Se quedó en la garita callado. No porque sea mala persona. Gerardo es un buen hombre. Pero es también muy tímido y vergonzoso. Y,  además, no sabe inglés.

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