El mayor miedo de nuestro padre era, por lo visto, que alguno de sus hijos se convirtiera en actor.
Nunca hemos sabido de dónde procedía esta fobia. Mi hermana, que siempre fue más romántica, quería atribuirla a algún amor desgraciado en su juventud, a un romance con una actriz que tal vez le diera esperanzas y después lo rechazó, con lo que le habría dejado una aversión profunda a todo tipo de fingidores. Mi hermano, que desde que empezó a leer literatura rusa se las dio de conocedor del alma humana, opinaba que se debía a un conflicto entre la sobriedad calvinista que nuestro padre veía como modelo de vida y el bohemio al que trataba de reprimir. Ante tales  explicaciones, no se me ocurría nada especialmente interesante que aportar y me limitaba a pensar que a mí no me gustaban las verduras ni la sandía y a mi padre no le gustaban los actores.
Podría haber quedado como una rareza humana más, de no ser porque nuestro padre se empeñó en practicar con nosotros una especie de terapia de aversión para que no cayésemos en la tentación de las tablas. Esta consistía en que nos hizo aprender a cada uno de nosotros una frase que nos gustase mucho de una película.
Mi hermana escogió “Algún lugar donde no haya problemas. ¿Supones que haya tal lugar, Toto? Debe haber. No es un lugar donde puedas llegar en bote o tren. Es muy, muy lejos… detrás de la luna, más allá de la lluvia, en algún lugar, más allá del arco iris…”.
Mi hermano, más clásico, “Si ese avión despega y no estás con él lo lamentarás. Tal vez no ahora. Tal vez ni hoy ni mañana. Pero más tarde. Toda la vida…”
Y mi elección recayó en “Y de pronto recordé lo que dijo Carlomagno: que mis ejércitos sean las rocas, y los árboles, y los pájaros del cielo”. Soy la menor.
A partir de ese momento, mi padre se nos presentaba inopinadamente y nos decía:
–Di tu frase.
Después de decirla, nos daba una moneda.
–Esto es la vida de un actor. Decir la frase, tenga ganas o no, y cobrar.
Eso podía suceder varias veces al día. Sin patrón. Podía asaltarte mientras desayunabas, cuando llegabas a casa después del colegio, incluso en mitad de la noche.
Al principio nos divertía. Era, además, dinero fácil. Pero cuando llevábamos un mes recitando nuestra frase, la moneda empezó a parecer poco por tener que volver a decir esa frase que ya odiábamos. Y al cabo de dos meses, empezamos a rehuir a nuestro padre. A los tres meses llorábamos sólo de pensar en decir la frase.
–Pararé cuando me juréis que no seréis actores, que nunca os subiréis a un escenario.
Así lo hicimos.
Aunque le pedimos auxilio, nuestra madre nunca le dio importancia a esa terapia de choque. Si estaba presente mientras decíamos la frase, se limitaba a alabarnos:
–Precioso, cariño.
Y seguía leyendo el periódico o lo que anduviera haciendo en ese momento, inmune a nuestros llantos y a las miradas de socorro.
Después, en cuanto jurarnos que no seriamos actores, nos escribía son ningún tipo de reparos los justificantes con los que nos evitaba tener que participar en funciones escolares. Claro que ella también sacaba provecho, pues se ahorraba tener que asistir a las representaciones. Ahora que lo pienso, tal vez todo fuera idea suya.

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