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Desde hace diez días tengo a mi sobrino de visita en casa.

Aunque sea familia no puedo decir que lo conozca mucho. Más bien me resulta tan desconocido como cualquier veinteañero, pero es familia y se supone que esto tiene que hacer la convivencia más fácil. No puedo afirmar lo contrario. Es una persona tranquila, que parece amoldarse sin problemas al ritmo de la casa, come cuando comemos, no hace mucho ruido y se acuesta poco después que nosotros.

Pero desde el principio me extrañó que no saliera de casa. Cuando uno visita a alguien en el extranjero, quiere ver y conocer la ciudad y el entorno. La casa de los parientes es sólo la base desde la que se emprenden visitas, encuentros, todo tipo de escapadas. Él no. Está todo el día metido en casa. Primero no entendía por qué, pero desde hace un par de días tengo una clara sospecha. Tengo la costumbre de desayunar de pie; no sólo de pie, sino caminando por toda la casa. Mientras me tomo el café voy del salón a la cocina, de la cocina al estudio, del estudio al recibidor, del recibidor otra vez a la cocina. En una mano la taza de café en la otra una tostada con mermelada. Hace dos días, él se levantó casi a la misma hora que yo. Mientras ya con la taza de café y la tostada miraba un momento por la ventana del salón que da a la calle, oí que trajinaba por la cocina: llenaba una taza de café y untaba también una tostada. Contemplé desde la ventana a una señora con un perro que pasaba por la calle y después me dirigí hacia el pasillo.

Allí me encontré de frente con él. Sostenía la taza de café con la derecha y la tostada con la izquierda, lo que lo convertía en mi imagen especular. Ambos nos detuvimos. Ambos sonreímos. Nos hicimos un poco a un lado y cada uno siguió su camino, él hacia el salón, yo hacia el pasillo y después a la cocina. De allí iba a pasar al estudio, pero percibí sus pasos en esa dirección y me dirigí hacia el dormitorio. Él se metió después en el suyo y yo aproveché para ir al estudio. Coincidimos de nuevo en la cocina y nos separamos en la puerta. Yo fui a la derecha, él a la izquierda. Después me acabé el café de un trago, me lavé las manos y me puse a trabajar. Lo escuché deambulando por la casa unos minutos más. Seguramente con otra tostada.

Todo el día lo estuve observando y descubrí cada vez más detalles. Tiene la misma forma de caminar que yo, se rasca de la misma manera, inclina la cabeza del mismo modo cuando está pensando en algo, golpea el papel con el bolígrafo cuando busca una palabra al escribir un texto, tarda el mismo tiempo en cepillarse los dientes,…

Ayer con el desayuno fue lo mismo. Y descubrí aún más similitudes. Esta mañana ha sido igual.

Ya he entendido lo que está haciendo: me está copiando. Es la copia que, cuando esté completa, va a ocupar mi lugar en el mundo. Pero sé cómo impedirlo. Detendré el proceso privándolo de información. De momento, he cerrado la puerta del estudio, no puede verme, no puede ver mis gestos ni mis movimientos. Mañana empezaré a cambiar algunos de mis hábitos, crearé una copia defectuosa.

Pero por si acaso no funciona, dejo aquí este testimonio, es mi botella lanzada al mar. Si la próxima semana no hay noticias de mí, búsquenme, por favor.

2 Comentarios

  • Edda Enviado el 10 enero, 2011 5:50 pm

    ¿No será que quiere ser novelista? 🙂

  • Anónimo Enviado el 28 mayo, 2011 10:35 am

    Me recuerda a Lovecraft, le gusta?

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