© Klaus Reichenberger

Tiendo a olvidarme de lo que escribo una vez terminado.

Por eso a veces me cuesta recordar las tramas de mis propias novelas ya editadas; lo que, si bien podría reducir el riesgo de que las destripe por accidente, me crea cierto desasosiego porque las puedo destripar por despiste.

Cuando estoy revisando una novela, me sorprendo en ocasiones al encontrarme párrafos y diálogos que no recuerdo haber escrito. No, no se debe a que escriba en un estado de posesión, es desmemoria.

Lo mismo me sucede al escoger fragmentos para leer en público. Por poner un ejemplo, preparando una lectura en Alemania con mi traductora Kirsten Brandt, ella me propuso que leyéramos “el pasaje de los enanitos” de Con anuncio. “¿Enanitos? ¿Qué enanitos? ¿Salen enanitos en Con anuncio?” Por suerte, Kirsten no sólo sabía que sí salen enanitos en la novela sino incluso dónde encontrarlos. Espero que no suene pretencioso, pero tengo que decir que leímos el pasaje y que me gustó.

Como siempre estoy con la cabeza puesta en lo que ando haciendo y en lo que quiero hacer, agradezco sobremanera que haya fechas en las que el entorno te empuje a parar por un momento la marcha y a mirar hacia atrás. Es por eso que me gusta la Nochevieja.

Este año he tenido, además, el privilegio de poder colaborar en el suplemento Dominical de El Periódico contando mi mejor y mi peor Fin de Año. Os dejo aquí el enlace a los textos y mis mejores deseos para el año 2016.

Nochevieja – El Periódico