—Estoy aquí.
—Estoy herida.
—No puedo mover las piernas.
—No siento las piernas.
Sí. Esta es mucho mejor. No siento las piernas. La frase es más fácil de decir y todo el mundo la reconoce de alguna película.
—No siento las piernas. No siento las piernas.
Deja de repetirlo porque se da cuenta de que el hombre que está sentado a su lado en el autobús la está mirando de soslayo, tal vez extrañado de que mueva los labios constantemente mientras el vehículo cruza la ciudad. Igual se le ha escapado la voz sin querer y ha dicho alguna de sus frases en voz alta. Aprieta los labios y empieza a recitarlas mentalmente. Estoy aquí. Estoy herida. No siento las piernas. Hay que automatizarlas a base de repeticiones. Así se fijan las estructuras de una lengua extranjera, le han dicho. Repitiendo una y otra vez. Estoy aquí. Estoy herida. No siento las piernas. Tienen que quedar grabadas en el lugar del cerebro en que están también guardados los gritos, las risas, las exclamaciones. Ahí las quiere, para que salgan sin más, sin que para ello tenga que intervenir la voluntad.
Porque tiene la sensación de que el idioma que está aprendiendo en este país extranjero no entra del todo en su interior, que solo se deposita en la superficie, como un tela leve que puede llevarse cualquier ventolera, y teme que, cuando la necesite, cuando le paso algo terrible, la lengua nueva se vaya volando lejos de ella y la deje muda y abandonada entre la chatarra retorcida del autobús. Por eso hay que grabar las frases de emergencia en un lugar más profundo.
—Estoy aquí.
—Estoy herida.
—No siento las piernas.
No le fallarán si en algún momento los que fallan son los frenos del autobús.