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Pensé que muchos harían lo mismo, llegar estratégicamente unos veinte minutos tarde para no ser los primeros ni los últimos. Pero me equivoqué: cuando entré en el salón del restaurante donde se celebraba el encuentro de exalumnos, solo faltaba yo para completar la lista de veinticinco asistentes.

Habíamos sido treinta en nuestra clase, pero los dos que vivían en el extranjero se habían disculpado. Juan Reinosa había rechazado la invitación. Marta Campos había muerto. Una de treinta. Alguien comentó que, para ser un encuentro veinte años después de terminar el Bachillerato, tampoco era una estadística tan mala, aunque su sombra pesó durante unos minutos cuando Silvia Basterra, que había su mejor amiga durante todos los cursos, nos la recordó y nos contó las circunstancias del accidente en el que había perdido la vida.

Después, los que no nos veíamos desde el final del Bachillerato y los que nos habíamos perdido de vista hacía cinco, diez o quince años nos pusimos al día. Varios con la falsa modestia de los que llegaban a la cena como triunfadores; otros sin poder disimular las ganas de revancha, del “mirad, miradme, con lo que os burlabais de mí”, que era su única razón para estar allí esa noche. Unos empezaron satisfechos y el alcohol los hizo quejicas; otros se dedicaron a calcular los quilos ganados por los guapos de la clase. Tras las fotos de los niños, que casi todos tenían, llegaron las anécdotas. A los postres. Patricia, la organizadora del encuentro, nos dio a todos una copia de la foto de fin y curso y la proyectó en la pared.

Risas al vernos dispuestos en tres filas, como en las viejas fotos de los colegios. Diez sentados en el suelo, diez sentados en sillas, diez de pie.

Patricia fue señalando las cabezas con un puntero y todos gritábamos a coro el nombre. Y todos nos quedamos en silencio al llegar al chico que estaba el segundo por la derecha en la tercera fila, de pie entre Julita Martos y Cristóbal Serrano. Hasta ese momento nadie había caído en la cuenta de que éramos veinticinco y solo habíamos podido justificar cuatro ausencias. Así que apartamos la vista de la proyección y tomamos la copia en papel. Acercamos la foto a los ojos o los ojos a la foto. Un chico con gafas, el pelo oscuro, con el mismo corte que todos los otros chicos de la foto. Un jersey de pico del que asomaba el cuello de una camisa a rayas. Las preguntas corrieron de una punta a otra de la mesa “¿Sabes quién es?” “¿Lo recuerdas?” Nadie tenía una respuesta.

Cogí la foto. Me concentré en su cara. Las gafas escondían la expresión de sus ojos; los labios tampoco se decidían a mostrar sentimiento alguno. ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿Con quién se sentaba? Nada. Ni un nombre, ni una imagen. Nada. Nos mirábamos unos a otros con la esperanza de ver un destello de memoria en los ojos de alguien, pero las esperanzas se nos apagaron a la par que las conversaciones.

Cuando entraron dos camareros con los cafés y las copas, nos encontraron sumidos en el silencio. La mirada que el chico segundo por la derecha en la tercera fila nos dirigía desde la proyección en la pared había cambiado en ese tiempo. Ahora traspasaba los cristales de las gafas, saltaba los años que habían difuminado la foto original y nos desafiaba. Era una mirada fiera, acusadora. “¿Qué? Venga, decidme quién soy”.

Me tomé el café con rapidez para volver a mirar la foto. “¿No sabes mi nombre? ¿No recuerdas quién soy?”

Los primeros se marcharon pocos minutos después. Dieron las gracias a la organizadora y nadie les creyó cuando dijeron que teníamos que repetirlo. Yo esperé el tiempo que consideré adecuado para que no pareciera una huida. “Di mi nombre y podrás dormir esta noche. Venga. Dime cómo me llamo.”

Hace diez años de ello. No nos hemos vuelto a ver. Creo que dos o tres murieron ya. En un par de ocasiones alguien me ha llamado por teléfono y cuando he descolgado no ha dicho nada. Creo que era alguno de los otros que querría haberme preguntado si sé cómo se llamaba el chico de la tercera fila y que a última hora no se ha atrevido a hablar.

No, no creo que haya sido él.