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Se iban a enterar.
Esta vez no les quedaría más remedio. No podrían ignorarla como habían hecho tantos años, hasta dejarla reducida a la mínima expresión que se puede adquirir en un vecindario: ser denominada por la casa en la que vives y no por el propio nombre. No era Amanda Wayne, sino “la mujer de la casa del abeto”. Cuando tu casa tiene más entidad que tú misma, estás a pocos pasos de la desaparición física.
Una desaparición que había empezado casi al mismo tiempo que su aparición en la tierra, porque, al poco de nacer ella, su madre había enfermado de gravedad y todas las atenciones fueron para la mujer enferma. La recién nacida no fue propiamente abandonada, pero sólo se le concedieron los servicios mínimos.
Ni en la escuela ni en el instituto ni la oficina en la que trabajaba ni en el coro local ni en los negocios que frecuentaba lograba pasar de estar ahí. No llamaba la atención ni por buena ni por mala; esta última, una opción que no se le ocurrió considerar. Vivía con la perenne sensación de que la gente más que verla tropezaba con ella, como con una raíz oculta en un sendero o con el canto de una mesa fuera de lugar.

Pero esta vez la iban a ver. Se iban a enterar y a arrepentir de haberla obligado a dar ese paso radical, definitivo.
Se puso una túnica blanca que le llegaba hasta los pies y se calzó unas sandalias a pesar del frío glacial de finales de diciembre que había cubierto las calles y su jardín de nieve y hielo. El frío no le importaba, pronto dejaría de notar cualquier temperatura. Se puso las alas blancas que había comprado en una tienda de disfraces y se sujetó la corona con una cinta fuerte que, además, le mantendría la mandíbula cerrada por si no se desnucaba, como había previsto, y la asfixia la obligaba a sacar la lengua. No era así como quería ser vista por fin; la opción negativa nunca había parte de sus planes y no iba a cambiarlo en su último acto.
Ataviada de este modo, esperó a que faltara poco para que anocheciera y se ahorcó en el abeto que daba nombre a su casa.

Dos niños que pasaron poco después por delante de la casa se quedaron contemplándola un momento.
–¡Qué ángel más soso! No tiene luces ni espumillón.
Y se marcharon a admirar un Papá Noel que decoraba el tejado de otra casa de la misma calle y que, además de muchas bombillas de colores, tenía unos renos cuyas narices se iluminaban al ritmo de la música.

 

Este relato está inspirado en un hecho sucedido en 2005 en la pequeña ciudad de Frederica, en el estado de Delaware en los EE.UU., donde el cuerpo de una mujer que se había ahorcado fue tenido por mucha gente por decoración de Halloween.

http://news.bbc.co.uk/2/hi/americas/4386132.stm