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Nunca he sido un hombre pusilánime.

Todo lo contrario; ha habido muchos momentos en mi vida en los que se podría decir que me enfrenté a situaciones de riesgo sin recular, que incluso lo busqué conscientemente, como cuando me interné en una expedición Amazonas arriba o cuando escalé mi primer 8.000 o cuando recorrí Alaska solo en un trineo. En todas estas ocasiones viví situaciones difíciles, pero, me doy cuenta ahora, de que en ninguna de ellas me enfrenté al peligro real. Ni siquiera cuando me extravié en un laberinto de cuevas subterráneas en Australia.

Eso no es nada.

Empecé a saber lo que es el peligro y, sobre todo, lo que es el miedo, el día en que tomé conciencia de que dentro de cada ser humano se esconde una bomba y que no se puede saber cuándo va a estallar. Algunos son bombas de relojería. Tic-tac-tic-tac. Cada latido es un agravio sufrido. Los hay que son granadas de mano que alguien nos lanzará como quien azuza a un perro de presa. Otros son minas y bastará una fricción en el momento inoportuno y explotarán. No se puede saber ni cuándo ni dónde, pero todos están cargados.

Tal vez explotará una persona-mina, alguien que está esperando, al acecho de un roce, de un contacto que le parezca una provocación para emprenderla a gritos y golpes con quien sea. O estallará el camarero humillado cien veces que a la ciento una aplastará la cabeza de un cliente con la bandeja; o la chica dejada de lado por todos que envenenará las bebidas en la fiesta, o puede que la explosión tenga lugar en un anodino día de clase, que acabara en un baño de sangre a cargo del alumno vejado.

Desde que soy consciente de ello, desde que sé que cada uno de nosotros es una bomba en potencia voy con cuidado.

Y por eso les advierto: sean amables con sus congéneres. Si no lo hacen por respeto, háganlo como yo, por miedo.