No sé si cada día recibiremos el pan nuestro, pero parece que no hay día sin su dosis correspondiente de racismo. No vaya a ser que recuperemos la fe en la humanidad.

El racismo tiene muchas formas y manifestaciones. Las que me parecen más inquietantes son las sutiles, las que no te vienen de cara sino que se esconden detrás de comentarios inocentes a primera vista.

Hace unas semanas en un encuentro con lectores en Barcelona, sabiendo que vivo en Alemania, una de las personas participantes dijo algo que me dejó un regusto amargo. “¿Cómo nos ven a los catalanes allí? Seguro que encuentran que nos parecemos más a ellos”. ¿Nos parecemos más a ellos que quiénes? Que los otros, claro. Siempre los otros. Esos otros sin los cuales parecemos incapaces de determinar quiénes somos. Los otros, omnipresentes y cambiantes, porque no son un ente absoluto, siempre depende de hacia dónde miremos.

Cundo estudiaba en la universidad, leí el relato que dejó Ulrich Schmidel, un mercenario alemán que viajó a América en el siglo XVI enrolado en una flota española a las órdenes de Pedro de Mendoza y que llegó a participar en la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires. Como Schmidel cuenta sus aventuras de manera cronológica, podemos observar de qué modo se definía a sí mismos y que esto cambiaba según en qué contexto sucediera. Mientras viajaba en el barco, se refería a sí mismo como “alemán” (era el único a bordo) y a los demás como los “españoles”. Pero en cuanto toman tierra y se internan en un territorio desconocido, esa diferencia desaparece y pasa a formar parte del grupo que denomina “cristianos” o “civilizados” porque ahora los otros son los “salvajes”, “indios” o “paganos”. Que las connotaciones positivas solo caen de un lado  de estas dicotomías resulta bastante evidente, creo. Sí, no podemos definirnos sin hacerlo frente a otros y ,en la mayoría de los casos, no sabemos hacerlo sin descalificarlos. Es connatural al hecho de que seamos animales sociales y gregarios.

Volvamos a la frase que me persigue desde entonces: “¿Cómo nos ven a los catalanes allí? Seguro que encuentran que nos parecemos más a ellos”. Hay tal carga de prejuicios y clasismo en esta frase que al analizarla me siento como una cirujana que descubre por sorpresa un tumor maligno y no sabe si tocarlo porque basta un roce con el bisturí para que empiecen a desprenderse células cargadas de ese racismo antes soterrado que cada vez se está haciendo más patente.

¿En qué se supone que nos parecemos los catalanes a los alemanes? Por supuesto en lo bueno. Este comentario proyecta sobre el nosotros todas las cualidades positivas que se asocian con el norte, con el progreso, con la civilización, con la cultura, con Europa. Ese “nord enllà, on diuen que la gent és neta, i noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç”. Objeto del deseo del mismo modo que el sur es objeto de anhelos en el norte, si bien por otras razones más epicúreas y solo en vacaciones.

¿A quién se supone que se parecen los otros? Ustedes mismos tienen ya la respuesta en la mente: a los que están más al sur, “africanos”, “moros”.  Y así llegamos a la siguiente capa de racismo. Un racismo profundo, secular, y, por más que le pueda pesar la persona que hizo este comentario, compartido precisamente con buena parte de esos otros. No, tan diferentes no somos, compartimos una buena parte de nuestros prejuicios culturales, que no dejan de ser, por desgracia, parte de lo que se denomina “cultura”.

No somos diferentes y menos vistos desde ese norte idealizado. “Seguro que encuentran que nos parecemos”. Pues no.

Vamos a hacer un ejercicio: tiremos a saco de prejuicios y estereotipos culturales. Cuando nos miran desde el norte, si nos miran, no nos diferencian. Algunos a duras penas te distinguen de un italiano. Para los del norte somos todos sureños, somos esos europeos del sur que viven a costa de ellos, que son el verdadero motor de Europa. Ellos son industriosos, trabajadores, organizados, disciplinados. El norte, en definitiva. Los del sur somos los otros, los vagos, los que viven sin pegar palo al agua, los que no planifican, sino que improvisan y sonríen si las cosas salen mal, los que comemos durante horas y dormimos siestas eternas, nuestra vida consiste en disfrutar del sol, las tapas y el vino.

¿Qué se siente cuando se es el sur para otros? ¿Qué se siente cuando te reducen a un paquete de estereotipos? ¿Qué se siente cuando se es objeto de prejuicios culturales denigrantes? ¿A que jode? Pues eso.

Tribuna publicada en El Periódico el 29 de marzo de 2019.

Enlace a la versión digital: Desde el norte

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