Casi en el mismo momento en que empezaron a llegar las noticias y las desoladoras imágenes del incendio de Notre Dame aparecieron en las redes sociales los primeros chistes al respecto y, como era de esperar, también con gran rapidez, los comentarios indignados sobre su mal gusto. En algunas de estas reacciones se hablaba los límites del humor, requiriéndolos,  en lo que sonaba como reclamación de censura. Algo, en mi opinión más preocupante que cuatro chascarrillos de gusto dudoso. A veces tengo la sensación de que solo defendemos la libertad del humor cuando no nos afecta el objeto de la ironía o la burla. Otra cosa es creer que la libertad de expresión significa que no se es responsable de lo que se dice o escribe.

Al leer esos chistes y (para mi eterna condenación) incluso reírme con alguno, me pregunté de dónde venía  esa necesidad de bromear sobre el tema. Pensé que tal vez fueran chistes nerviosos, una especie de válvula de escape para soltar el estupor que nos causa todo aquello que nos supera, que nos asusta. Esta es una de las funciones más importante del humor, la raíz de buena parte del humor negro, negrísimo que nos permite reírnos de lo peor. Y para que ese efecto se produzca, necesitamos compartirlo. Un chiste no existe hasta que no se lo has contado a alguien.

Pero, ¿por qué en las redes?

Quizás el problema es que hemos perdido los filtros naturales. Antes de que las redes sociales permitieran compartir tus idioteces con el mundo entero, estos comentarios se soltaban a los amigos en un bar y siempre había quien te daba un codazo o directamente una colleja y te decía: ¡Qué malo! ¡Qué bestia! Y ahí se moría el chiste, aunque te lo dijera riendo también. Por eso estaría bien que antes de colgar lo que a bote pronto parece tan gracioso o ingenioso, lo digamos en voz alta a algún amigo. Uno de los de verdad, no un nombre y una foto que te ponen corazoncitos y emojis, sino uno que te quiera bien y te dé la colleja cuando te la estás buscando. Esos son los buenos amigos, los que no te dejan ir haciendo el ridículo o el imbécil por ahí. A David Suárez también le faltó ese amigo cuando publicó, ese por calificarlo de algún modo, desafortunado, tweet hace unos días.

Columna publicada en El Periódico, el 2 de mayo de 2019.

Enlace a la versión digital: Quien tiene un amigo

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