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–Vuelvo enseguida.

Su marido cierra la portezuela de un golpe y echa a correr, con la chaqueta cubriéndole la cabeza, hacia las luces de la estación de servicio. La creciente oscuridad y la lluvia lo engullen a los pocos metros, pero ella mantiene la vista fija en el punto en el que ha dejado de verlo. Incluso le parece distinguir su silueta a contraluz entrando en la tienda de la gasolinera.

Echa un vistazo por su ventanilla. La sierra es una silueta negra que apenas se recorta contra el cielo oscuro. Está cansada. Ha conducido los últimos trescientos kilómetros y se los nota en las piernas y en la nuca. Se cambia al asiento del copiloto. Cuando vuelva, le toca a él.

Se recuesta un poco y cierra los ojos. El repiqueteo de la lluvia sobre el techo del coche parece intensificarse, golpes constantes, pero sin ritmo. Aunque han apagado el motor y con él la calefacción, el interior del vehículo conversa una temperatura agradable. De todos modos, en cuanto él vuelva, ella se cubrirá con una de las mantas de viaje y tratará de descansar un poco. Sin darse cuenta, se queda dormida.

Se despierta dando una cabezada. Mira a su alrededor. Los otros coches en el aparcamiento han perdido el color en la oscuridad.

¿Por qué tarda tanto en volver? Había dicho que solo quería ir al lavabo y comprar unos bocadillos y dos botellines de agua. Tendría que haber ido con él. ¿Y mojarse?

Se ha levantado algo de viento y el ruido del golpeteo de la lluvia sobre el coche ha adquirido un sonido grave y rítmico. El aparcamiento a oscuras, el seto tupido que lo separaba de la carretera, la gasolinera cada vez más luminosa y lejana, los coches vacíos y cerrados bajo la lluvia. Solo ella ocupa uno. Ella sola. Baja el seguro de la puerta.

¿Cómo era la historia esa de miedo que se contaba en las excursiones? La de la pareja de novios que durante un viaje se quedaban sin gasolina en una carretera solitaria. El chico decidía salir a buscar gasolina. La chica esperaba en el interior del vehículo y… ¿Cómo seguía?  La chica encendía la radio, justo cuando anunciaban que la policía advertía de que se había escapado un loco muy peligroso de un manicomio de la zona. Entonces la chica escuchaba unos golpes sobre el techo del coche. Primero pensaba que era algún animal, pero los golpes eran cada vez más intensos y cuando casi se decidía a salir, aparecían varios coches de la policía que rodeaban el suyo y le decían a través de la megafonía que no saliera del coche. ¿Y al final? Al final la chica descubría que el loco estaba encima del coche y que golpeaba el techo con la cabeza de su novio sujetándola por el pelo.

Los golpes de la lluvia se suceden ahora a intervalos demasiado regulares para ser fruto del azar.

No. Esos golpes tienen orden. Es un sonido grave y sordo, el sonido que produce un objeto grande, no muchas gotas. Un objeto grande.

¿Cómo una cabeza?

Como una cabeza.

¡Como una cabeza!

Pero, ¿cómo iba a coger el loco peligroso la cabeza de su marido si está calvo?¿De la nariz?

Se echa a reír y sabe al momento que la mala conciencia le va a costar otros cien kilómetros de conducción. Vuelve a cambiar de asiento.