«Antes de dejar Alemania y mudarme a Barcelona tuve la enorme suerte de ver en casa de unos amigos una clase magistral en línea ofrecida por el humorista y escritor estadounidense David Sedaris. El humor de Sedaris parte de la premisa de que los seres humanos somos por lo general bastante ridículos. Sedaris nos observa y se observa desde una mirada a la vez ácida y tierna. Toda su obra está marcada por una autoironía, que es también una actitud ante la vida. Así, por ejemplo, en ‘Santaland Diaries’ cuenta sus aventuras cuando trabajó haciendo de elfo de Santa Claus en los grandes almacenes Macy’s. En otra de sus obras, ‘Me Talk Pretty One Day’, relata sus vivencias cuando se mudó a Francia con Hugh, su pareja, y sus ímprobos esfuerzos por adaptarse a la vida allí y aprender (atención, destripe) en vano el idioma.
Digo que fue una suerte ver esta clase magistral porque, en ella, Sedaris hablaba de cómo todas sus experiencias se convierten en literatura y de que ser consciente de ello le ha ayudado en momentos difíciles (por dramáticos, ridículos, incómodos…) porque, mientras le estaba sucediendo, siempre había una parte de él que se decía “algún día escribiré sobre esto”. Sedaris se preguntaba, además, cómo se las arregla la gente que no escribe para afrontar todo tipo de vicisitudes. Porque siempre nos pasan cosas,
Siempre te pueden pasar cosas. Está bien. Bueno, y aunque no lo estuviera, no por eso dejarían de pasar. Tal vez de alguna de estas experiencias nazca un relato, una novela, una columna. Es una suerte, entonces, ser escritora.»

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Esta tribuna apareció publicada en El Periódico el 18 de septiembre de 2021.

Por si alguien se pregunta qué significa el paraguas de la foto: este paraguas lo olvidó alguien en la entrada del edificio donde viví en Frankfurt. Siempre estaba apoyado en esa esquina y disponible si, al llegar a la calle, te dabas cuenta de que estaba lloviemdo. Entonces no tenías que subir a tu piso, cogías el paraguas azul y lo devolvías a su lugar al volver. Se convirtió así en un paraguas de toda la comunidad. Nadie se lo llevó sin devolverlo, de modo que podías confiar en que estuviera disponible en caso de necesidad. Era un trocito de casa.

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